lunes, 1 de noviembre de 2010

PRESENTACION DE "AGUAS EXTRAÑAS"

FRANGMENTO DE “AGUAS EXTRAÑAS”


Desde la ciudad costera de Arqüang un pequeño barco pesquero tomaba rumbo sudoeste acompañado por centenares de gaviotas.
En las polvorientas calles de la populosa ciudad, el capitán de una de las tantas flotas pesqueras enfilaba directamente hacia la taberna. El marino, pescador de enormes proporciones, piel blanca y espesa barba rojiza, tenía intenciones de saciar su sed y conversar con su amigo antes de internarse nuevamente a los peligros de su profesión milenaria.
Mackent pasó por el frente de uno de los tantos edificios religiosos que adornaban la ciudad y luego de dar vuelta en la esquina del burdel intentó entrar a la taberna. Pero esa acción que habitualmente hacía cuando estaba en tierra firme, le fue interrumpida porque desde dentro fue arrojado, como una cosa en desuso, un parroquiano realmente harapiento.
—¡No zarpen! —exclamó con los ojos casi saliéndose de sus órbitas—. ¡No zarpen! —volvió a implorar—. Días horribles caerán sobre ustedes ¡No se hagan a la mar! ¡No zarpen! —siguió gritando mientras se perdía en las polvorientas calles de la ciudad.
Sorprendido por la irrupción enajenada del mendigo Mackent se tomó unos segundos y mirando como éste desaparecía entre el gentío que circulaba por las callejuelas, entró a la cantina.
El bar se llamaba “El Pescador”. Era atendido por Elmeristo, un antiguo pescador que supo tener un accidente casi fatal en una de sus incursiones. En dicho infortunio Elmeristo, perdió su pierna derecha y los médicos de la ciudad se la reemplazaron por una de madera.
Elmeristo al igual que Mackent y como la mayoría de los habitantes de la ciudad de Arqüang era de piel blanca, cuerpo fornido, gran talla, prominente barba y cabellos rojos como el fuego.
Una vez dentro de la taberna Mackent se encontró con el panorama habitual en ella. Marinos, soldados, campesinos, tahúres, prostitutas, y algún que otro parroquiano provenientes de lejanas tierras que tomaban cerveza, jugaban al Unduraí, un juego de naipes por el que muchos de sus jugadores perdían todo lo que tenían, o arrojando cuchillos contra una pared que tenía dibujado un blanco. El ambiente como de costumbre, era denso y pesado; risas socarronas, insultos, discusiones y algún que otro pleito eran moneda corriente en ese lugar y a esa hora del día.
Mackent se acercó a tabernero, le pidió su acostumbrada pinta de cerveza negra y mientras Elmeristo se la entregaba en mano, por detrás oyó que alguien lo llamaba por su nombre.
Dando un primer sorbo a la fresca bebida Mackent giró para ver quien lo llamaba y de una de las mesas que se encontraba justo al fondo del local y al lado de una de las columnas que soportaban el peso del techo, vio a su timonel que con su mano derecha le hacía seña para que se acercara a su mesa.
—Lleva una ronda a esa mesa —le ordenó Mackent al tabernero y partió hacia el lugar de donde era llamado.
Luego de negarse a la proposición indecente de una de las prostitutas del lugar, Mackent se acercó a la mesa y mientras se sentaba saludaba a su timonel y amigo Kabul.
—¿Cómo estás? —le preguntó estrechándole su diestra.
Kabul era un enorme moro de casi dos metros de altura, como todos los originarios de los pueblos de la costa del sur del continente. Su contextura era firme y fornida. Descendiente de cazadores, la vida los llevó por muchos rumbos hasta que en uno de esos vericuetos que ésta tiene se topó con Mackent. La necesidad de mantener a su familia y la falta de presas lo llevó a enlistarse en el mismo navío donde se había enrolado Mackent en aquellos años de juventud. Ahí fue donde forjaron su amistad.
En esa época fueron asignados al barco de uno de los más afamados y virtuosos capitanes del reino de Vandcrafts. Juntos surcaron todas las rutas marítimas, conocidas por entonces, en búsqueda de cardúmenes de Sardinejas. Trabajando duro, haciendo horas de más y ahorrando hasta él ultimo céntimo, después de varios años, Mackent y Kabul lograron adquirir, lo que en ese tiempo sería, su primer barco pesquero. El “Nerida”, bautizado con ese apelativo en conmemoración a la diosa de los mares a la cual todos en el reino de Vandcrafts rendían tributo. Era una nave robusta pero con muchos viajes a cuesta.
Los primeros tiempos al mando del Nerida fueron muy difíciles pues las ganancias apenas alcanzaban para pagar la cuota del barco y a su tripulación.
Luego de pasar muchas penurias familiares por la escasa cuota que ambos llevaban a sus familias y desencantados por no saber como torcer el destino que los asediaba, los vientos de la fortuna cambiaron para bien y las cosas mejoraron sustancialmente, hasta el punto de llegar a formar una flota propia de cinco barcos pesqueros; cada uno con su capitán y tripulación estable.
Estos navíos fueron bautizados con distintos nombres. “Arnus” fue en conmemoración al nacimiento del primer hijo de Kabul, “Aargos” por el abuelo de Mackent, “Pittar” por la madre de Kabul, “Galia” por la esposa de Mackent y “Gárgan” por el puerto donde comenzó la amistad entre Mackent y Kabul.
Esos tiempos de antaño fueron de bonanza y prosperidad. Pero las cosas, con el correr de los años comenzaron a tomar un rumbo más complicado. El frío del invierno se extendía mucho más tiempo que lo habitual. La situación de los pescadores se tornaba cada vez más peligrosa ya que las viejas y conocidas rutas, no eran lo fructíferas como lo eran en años anteriores. Las Sardinejas comenzaban a escasear y se debían recurrir a rutas mucho más alejadas y peligrosas. Hasta algunos, los más osados o los más necesitados, se aventuraban a abrir e investigar nuevas rutas con el consabido peligro que eso les podría acarrear.
—¿Cómo estás? —le preguntó Kabul a Mackent, mientras éste se acomodaba en su silla—. Te presento a Kandor —le dijo justo cuando el tabernero les ponía las jarras de cerveza sobre la mesa—, él es mi cuñado —agregó.
Mackent lo saludó estrechando su fornida mano derecha y escuchó nuevamente a su amigo.
—Quickoff es su hermano —lo presentó Kabul—. Y Wofts es su hijo.
Mackent los saludó uno por uno y le preguntó a su amigo si ellos habían tenido alguna experiencia en este tipo de trabajo o si habían servido alguna vez en algún barco pesquero.
—Kandor y Quickoff sirvieron en el Hauckass —dijo Kabul—. Wofts es el único nuevo en todo esto —añadió.
—Pero como verás ya está casi listo para su iniciación —interrumpió diciendo casi con premura Quickoff.
Luego de observarlos detenidamente, cruzando sus miradas, Mackent tomó su último trago de cerveza, le pidió al tabernero otra ronda y mientras éste se retiraba para traerle el nuevo pedido, Mackent le preguntó a Kabul:
—¿Ya les dijiste cuáles son las reglas?
—Sí —Kabul.
—¿Ya saben cómo y cuánto van a cobrar?
—¡Sí! —respondieron los tres casi al unísono.
—En doce horas zarparemos —dijo Mackent—, los quiero de inmediato listos en sus puestos —agregó.
Al escuchar el tono de orden que Mackent impuso a sus palabras los tres se pararon de golpe, pero fueron detenidos por su ahora capitán.
—Primero terminen sus cervezas. Por ahí ésta podría ser la última —añadió mirando de reojo a Kabul.
Luego de terminar, casi sin saborear las cervezas, los tres nuevos tripulantes de la flota de Mackent y Kabul se levantaron, dieron las gracias por haberlos incorporado y raudamente partieron hacia los muelles.
—Tiempos difíciles se nos avecinan. Vaticinó Mackent, mientras veía como sus nuevos tripulantes salían de la cantina.
—¿Tanto es así? —preguntó Kabul.
—Me temo que ya no quedan rutas conocidas para seguir los cardúmenes. Explicó Mackent.
—¿ Hacia dónde estarán migrando? —preguntó Kabul.
—No lo sé. —Respondió Mackent—, lo que “sí” sé es que en su último viaje el Ordinas regresó con tres barcos menos y la mitad de su carga —agregó con preocupación.
Tomando otro trago de cerveza Kabul, se rascó la cabeza y preguntó:
—¿Qué ruta habrán tomado?
—Ninguna —respondió Mackent—. Su capitán se aventuró en aguas extrañas, arrastrados por la falta de pesca en las habituales rutas.
Sabiendo que en algunas horas ellos también partirían hacia alta mar, Kabul pensó que les podría suceder algo parecido. Por eso con preocupación le dijo a su amigo:
—Mal momento eligió mi cuñado para pedirme trabajo.
—Así parece —le respondió Mackent.
Luego de tomar una nueva ronda de cerveza los dos amigos y socios se levantaron de la mesa,abonaron lo consumido al tabernero y se retiraron en dirección a los muelles. Caminando por el lodazal en que se habían convertido las callejuelas gracias a la persistente llovizna que se había desatado en esos momentos, a tres calles antes de llegar a los muelles Kabul y Mackent escucharon primero y vieron después al mismo harapiento gritando a viva voz.
“¡No zarpen! ¡No se hagan a la mar! ¡El infierno está allí!”
Pero en el preciso momento que ambos pasaron frente a él, detuvo sus gritos, se acercó con sus ojos desorbitados y apuntándolos con su dedo índice tembloroso les dijo:
—¡No zarpen! No regresarán si lo hacen.
—¿Por qué dices eso? —preguntó Mackent.
—Sólo tu mirada tiene la respuesta —le respondió el pordiosero, —y créeme, cuando seas como yo no lo creerás.
Mackent y Kabul notaron que la voz de enajenado había cambiado. No era esa desquiciada y casi enferma. Esta vez notaron mucha lucidez y por sobre todo mucho misterio.
Mirándose entre sí con sorpresa, por las palabras del indigente, Mackent y Kabul sin decir nada al respecto siguieron con su caminata hacia los muelles. Atrás dejaron al harapiento con sus gritos de mal augurio a todo pescador que osaba pasar frente a él.
Con el Nerida, como barco insignia de la flota de Mackent y Kabul, entraban a aguas profundas seguidos en prolija formación por el resto de la fota.
Tomando con firmeza el timón Kabul le preguntó a su amigo y capitán:
—¿Qué ruta usaremos?
—La ruta suroeste.
La ruta elegida por Mackent era la más alejada de todas las rutas conocidas hasta ese momento. Muchos pescadores la obviaban por su gran distancia de la costa y por las peligrosas corrientes que circundaban. Pero según los dichos del capitán del Ordinas, esa era las que más Sardinejas tenía.
Luego de navegar cuatro noches con sus días en dirección suroeste, los cinco pesqueros llegaron al sitio que habían buscado. Allí se encontraron con algo que no era para nada habitual para esas latitudes.
—¿Témpanos tan al sur? —preguntó con sorpresa Kabul.
—Así parece —respondió Mackent.
—No creo que haya pesca aquí —expresó casi con fastidio Kabul.
—Me temo lo mismo. Agregó Mackent y dando una orden con sus brazos  hizo reunir a todos los barcos en torno de su navío.
Luego de deliberar por varios minutos con los capitanes de los demás barcos, Mackent ordenó arrojar las redes en ese lugar.
—Si en todo este día no tenemos suerte sigan a mi barco. Les comunicó a sus capitanes.
Sin decir nada al respecto y confiando como siempre en Mackent, se retiraron tomando cada uno su posición. Cuando todo estuvo listo comenzaron a arrojar las redes al mar.
La noche los tomó por sorpresa. La faena había sido dura y todos esperaban levar las redes y tomarse el merecido descanso que la noche les brindaría. Al día siguiente y con los primeros rayos del sol la tripulación de cada uno de los barcos comenzó a hacer el recuento de lo producido el día anterior. Antes de arrojar nuevamente las redes al agua, en el Nerida, Mackent y Kabul vieron con desazón que en las bodegas no había ni la décima parte del botín conseguido en un mal día de pesca.
Al ver eso Kabul miró con desasosiego a su amigo y éste le ordenó, casi con resignación, que ponga rumbo sur.
—Jamás se ha ido más allá de esta ruta —le susurró Kabul por lo bajo, para que nadie escuchase el tono de preocupación en su voz.
—El Ordinas lo hizo. Respondió Mackent sin quitar su mirada del horizonte.
—Pero perdió tres barcos de su flota —le recordó Kabul.
—Sí, lo sé —expresó Mackent—. Pero trajo sus bodegas llenas —resaltó.
—¿Pero a qué costo? —cuestionó su amigo.
—Al que todos estamos expuestos cuando salimos a alta mar —le replicó Mackent.
—¿Y si probamos en otras rutas? —preguntó Kabul.
—Ya sabes que eso es inútil —le explicó Mackent—. Sería una pérdida de tiempo y tiempo es lo que menos nos sobra —agregó.
—Pero por ahí lo que nos ordenas nos hará perder vidas. Le recriminó Kabul.
Sabiendo que su amigo tenía razón, en lo que le cuestionaba, Mackent se puso firme y le repitió la orden: “Pon rumbo hacia el sur”.
Kabul tratando que el resto de la tripulación no escuchase su entredicho con Mackent, con desgano y un ampuloso gesto de fastidio, giró con fuerzas el timón y colocó la proa en la dirección fijada por su capitán. Al ver ésto, el resto de los barcos copiaron la maniobra y por primera vez en tantos años de navegación la flota de Mackent y Kabul entraba en aguas jamás exploradas, en aguas desconocidas. En realidad por primera vez, con el Nerida a la vanguardia, la flota empezaba a navegar por aguas extrañas.
Habiendo surcado por espacio de más de un día esos mares desconocidos, en un momento dado, a la distancia se oyó un resoplido en el agua.
—¡Ballengas! —gritó el tripulante del Nerida que estaba apostado en el carajo del mástil principal.
—¿Dónde? Preguntó Mackent.
—A babor —respondió el tripulante desde su lugar de observación.
—Llévanos hacia ellas —le ordenó Mackent a su amigo.
De inmediato Kabul giró con velocidad y firmeza el timón poniendo la proa en dirección al lugar donde se veían los chorros de agua que despedían los enormes animales al salir a la superficie. Sobre la cubierta del Nerida, la tripulación toda, recobró el ánimo y la esperanza, ya que todo pescador sabía que donde había Ballengas habría Sardinejas. A toda vela y con una fuerte brisa a favor las cinco embarcaciones siguieron el parsimonioso andar de las Ballengas.
Habiendo pasado todo un día detrás de estos animales vieron como la Ballenga, que involuntariamente los guiaba, desapareció de improviso de la superficie del agua. Al enorme animal marino se le unieron las demás; y fue ahí donde Mackent ordenó a Kabul:
—¡Allí, llévanos allí!
Luego de dirigir el barco en la dirección señalada por su capitán y cuando estuvieron en el lugar exacto Mackent ordenó arrojar las redes.
Al ver este movimiento desde las demás embarcaciones, sus capitanes hicieron lo mismo y a medida que llegaban al lugar de a uno en uno, comenzaron a arrojar las redes al mar.
La primera red recogida fue seguida de una exclamación de alegría y esperanza, porque salió del agua atestada de Sardinejas. Así la algarabía se fue dispersando por las demás naves. Los tripulantes todos no daban abasto para recoger tanto pescado. Cerca de ellos y mientras las redes salían una y otra vez repletas de Sardinejas, las Ballengas, que los habían guiado, seguían dándose un festín al compás de una atonal y dulce melodía, a lo cual los pescadores ya se habían acostumbrado. Tratando de imitar estos cantos y en tono de agradecimiento Mackent se acercó a la barandilla y sacando medio cuerpo de ella comenzó a copiar las canciones. Eso fue imitado por Kabul; y luego, de uno en uno, todos los tripulantes de los navíos, comenzaron a entonar esas melodías dando a la jornada de trabajo una aura más que especial.
Abrumados por la tremenda pesca que estaban teniendo, nadie se percató en ningún momento que desde el sur unos negros y amenazantes nubarrones comenzaban a ganar los cielos.
En un pequeño descanso en su tarea, Kabul levantó la vista y los miró con desconfianza.
—No me gustan para nada esas nubes.
—A mí tampoco —respondió Mackent—, antes del anochecer quiero que recojan las redes y se preparen para una posible tormenta —agregó.
Con el anochecer casi sobre ellos y con las redes ya recogidas, todos se prepararon para pasar la noche con la alegre melodía de las Ballengas de fondo.
—Ya están sobre nosotros —le comentó Kabul a su amigo.
Éste miró hacia los cielos y observó por última vez las estrellas que tantas noches les habían hecho compañía.
De pronto los cantos de las Ballengas se detuvieron casi de golpe. Todos notaron ese acontecimiento. Pero desde la nada y como un ser fantasmagórico el viento comenzó a soplar y con él, el mar comenzó a picarse de un modo extraño para los ojos de los marinos.
Mackent a los gritos ordenaba a sus hombres mantenerse cada uno en sus puestos, mientras Kabul luchaba con fuerza para mantener fijo el timón.
Pasado unos minutos, al viento que iba en aumento, se le agregó una fuerte y molesta lluvia. Al cabo de media hora más o menos, la tormenta propiamente dicha cayó con toda su furia sobre las cinco embarcaciones. La tripulación del Nerida y la de los demás barcos ya habían vivido tormentas parecidas. Pero ésta en especial tendría algo que nadie, hasta ese momento, había visto o sentido jamás en su vida de pecador.
Los minutos parecían horas y las horas días. Los marineros luchaban a destajo para mantener su barco a flote. Kabul casi en el límite de sus fuerzas era ayudado por Mackent para sujetar con firmeza el timón.
—Jamás vi una tormenta así —comentó Kabul.
—Yo tampoco —asintió Mackent.
Los vientos cruzados y las corrientes circulares luchaban para hacer girar a los barcos. Al tiempo que las enormes olas pugnaban con obsecuencia por tumbarlos. Los relámpagos iluminaban con intermitencia al cielo. Gracias a ello Mackent podía ver, de vez en cuando, a los restantes barcos de su castigada flota.
De pronto un espantoso rayo cayó justo sobre el mástil del Arnus;  uno de los barcos de la flota que se encontraba más cerca del Nerida. Pero eso fué lo último que Mackent supo del Arnus. De ahí en más no lo volvió a ver.
Desde el Nerida, Mackent y sus tripulantes veían entorpecida su visión gracias a la cortina de agua que caía desde las nubes. Con sus cuerpos cansados y sus mentes agotadas todos, incluso Mackent, rogaban a sus dioses que la feroz tormenta amainara tan solo un poco. Pero lejos de que ésto ocurra, la misma intensificaba aún más su poderío.
—Debemos vaciar las bodegas. —sugirió Kabul.
—Esperemos un rato más —dijo Mackent.
—Parece que el mar se ha enojado por pescar en estas aguas. Comentó uno de los tripulantes que estaba a escasos metros de Kabul.
Al oír eso a Mackent le vino a la mente los dichos de aquel enajenado que gritaba a las afuera de la ciudad.
De pronto y como si todo fuera un verdadero despropósito, las olas comenzaron a alzarse debajo y alrededor del Nerida. La embarcación se zarandeaba, las maderas crujían y los mástiles se batían de un lado a otro. En un momento, y si no fuera por la pericia de Kabul y la excelente construcción del barco, casi dio una vuelta de campana.
—¡Arrojen la carga al mar! —ordenó a los gritos Mackent, al ver que el peligro de zozobrar estaba cada vez más latente.
Sin dudarlo y sin pensar en lo difícil que les había resultado llenar las bodegas, los tripulantes del Nerida comenzaron a vaciarlas. La sorpresa a todo esto, fue que luego de lanzar el último pescado por la borda, primero fueron las olas que de improviso amainaron su ferocidad; luego el huracanado viento se convirtió en una leve brisa y más tarde las negras y espesas nubes dejaron de arrojar agua desapareciendo súbitamente.
—¿Cuántas horas estuvimos en la tormenta? —preguntó Mackent, mientras el resto de la tripulación miraba azorado el cielo.
—Según mis cálculos tres o cuatro horas —respondió Kabul.
—Hay algo que no concuerda —expresó Mackent, mirando hacia el cielo como el resto de sus hombres—. Ya es de día.
—Debería ser de noche todavía —explicó Kabul.
—Pienso lo mismo que tú —dijo Mackent.
—No veo a ningún de los otros barcos —le comentó un tripulante a otro.
Al escuchar eso Mackent se acercó al mástil principal, se trepó por éste al carajo y oteando a los cuatro vientos no logró ver a ninguno de los cuatro barcos de su flota. Al descender se acercó a su amigo y le comentó con intriga:
—¡Qué raro es todo esto! No se ve a ninguno.
—¿Habrán zozobrado? —preguntó Kabul.
—No sé —dijo Mackent—, puede que sí —añadió con preocupación.
Pero todos sabían que cuando un barco naufraga, siempre quedan restos flotando durante días en el lugar del accidente y en ese momento a horas de haber amainado la tormenta nada de eso se podía ver. Sin saber que hacer y creyendo en el supuesto buen criterio de los demás capitanes, si estos estuvieran vivos, Mackent con su barco mal trecho, en aguas totalmente desconocidas y extrañas, luego de haber pasado por la peor tormenta de su vida y con la pérdida total de su flota, le ordenó a su amigo y timonel poner rumbo hacia la ciudad de Arqüang.
Guiados por el sol, como referencia, el Nerida comenzó su nueva travesía hacia sus hogares. Antes del medio día Kandor, cuñado de Kabul, se acercó a Mackent y por lo bajo le dijo que solo restaban tres barriles de agua.
—El resto se rompió durante la tormenta —le explicó con voz preocupada.
Sabiendo que esa era la peor noticia que podía escuchar, Mackent le ordenó a Kandor reunir a toda la tripulación. Luego de que todos estuvieran en cubierta, se paró junto a Kabul y se dirigió a ellos:
—Tenemos agua para la mitad de nuestro viaje de regreso —comentó en tono firme.
Luego del murmullo súbito de sus hombres continuó.
—Debemos racionarla al extremo, si no, no llegaremos a puerto —explicó a sus hombres.
Poniendo a Kandor como el encargado de preservar y racionar el agua, se paró junto a Kabul y le indicó cual sería, a su parecer, la ruta más apropiada y rápida para llegar a Arqüang.
Ese día fue realmente muy tranquilo. El viento de popa ayudaba a acelerar al barco a casi su máxima velocidad. Pero al caer la noche Mackent ordenó detener la marcha. Kabul obedeció de inmediato la orden y junto a su amigo se puso a contemplar el cielo nocturno.
Las estrellas que normalmente marineros avezados como ellos, usaban para guiarse por las noches ya no existían y las demás estaban pero en posiciones totalmente distintas.
—¿Qué haremos ahora? —preguntó Kabul totalmente desorientado.
—No lo sé —respondió Mackent totalmente atribulado por lo que les estaba sucediendo.
Sin sus aliadas, las estrellas como guías, navegar en el océano era una verdadera odisea, más en esa zona totalmente inexplorada y para peor teniendo la urgencia de tocar tierra firme por la escasez de agua que había en las bodegas. De pronto a Mackent le vino algo a la mente.
—¿Cuál fue la primera estrella que viste cuando anocheció? —le preguntó a Kabul.
Tomándose su tiempo Kabul la buscó y cuando la encontró se la señaló.
—¡Esa! —exclamó Kabul— esa que titila con colores azules y magenta —explicó.
—Bueno —comentó Mackent—. Tomando como referencia a esa estrella seguiremos el viaje —ordenó.
Aceptando como lógica esa orden, Kabul tomó el timón, fijó el curso en dirección a la estrella y desplegando sus velas, el Nerida comenzó nuevamente con su travesía.
—¿Dónde llegaremos? —le preguntó Kabul, todavía desorientado.
—Ojala que a tierra firme —respondió Mackent, con preocupación sabiendo que en ese momento estaban navegando a ciegas en aguas totalmente desconocidas para ellos.
Después de navegar durante toda la noche y luego de tomarse su merecido descanso, Kabul se adueñó nuevamente del timón. Cuando el amanecer comenzó a hacerse presente con su amigo, Mackent y todos los tripulantes del Nerida se encontraron con una desgarradora y patética sorpresa.
Si los cálculos de Mackent  hubieran sido los correctos, como siempre sucedía, el sol, esa mañana, debería haber aparecido justo al frente de ellos o por lo menos algo inclinado hacia babor o hacia estribor. Pero esa mañana apareció por el horizonte que tenían a estribor. O sea que durante toda la noche el Nerida había navegado en una línea totalmente transversal a la fijada previamente por Mackent.
—¡Te has dormido! —le recriminó Kabul al tripulante que todavía sostenía el timón.
—No. ¡Te juro que no!
—Lo estuve vigilando todo el tiempo y ha estado atento en todo su turno. —expresó Mackent, interrumpiendo la discusión que se estaba por desatar.
—¿Y entonces como me explicas eso? —le refutó Kabul señalándole con su mano derecha el sol.
—Sé lo mismo que tú —dijo Mackent—. Toma el timón y enfila hacia el sol —le ordenó, seguidamente, como si éste fuera casi un novato en ese milenario arte.
Lo que Mackent sabía realmente, para sí mismo, era que en un momento como ése, el peor pecado sería demostrar un pequeño atisbo de flaqueza. Ya que eso y con los problemas que podrían seguir surgiendo la sombra de un motín comenzaría a sobrevolar la embarcación.
Luego de navegar por espacio de medio día Kabul le cedió su puesto a Mackent y se fue a descansar. Al pasar por la bodega escuchó  insultos y gritos; bajó apresuradamente por la escalera y vio a Kandor defendiendo, espada en mano, a los dos últimos barriles de agua de un grupo de marineros alborotados por la escasez del vital líquido.
—¿Qué está sucediendo? —preguntó con voz fuerte y firme Kabul.
—No quiere repartir el agua —respondió uno de los exaltados.
—Se la está tomando solo —agregó otro.
—¡Queremos agua! —exigió un tercero.
Kabul se interpuso entre éstos y Kandor, tomó su espada y con voz iracunda y firme les advirtió:
—Kandor repartirá el agua según las órdenes de Mackent. Al que le guste bien y al que no, se las verá conmigo —dijo— ¿O esto lo tengo que tomar como la iniciación de un maldito motín?
Sabiendo que Kabul era un eximio luchador y de muy poca paciencia, nadie se artevió a objetar esos dichos.
—¡Vayan cada uno a sus puestos! —les ordenó casi sin dejarlos pensar.
Mientras los marineros se retiraban en silencio, Kabul le agradeció a su cuñado la entereza que tuvo en esa situación y éste luego de aceptar tal agradecimiento le preguntó:
—¿Y las demás embarcaciones?
—No lo sé —le respondió—, no lo sé.
—En ellas iban Quickoff y Wofts.
—Si eso lo sé —dijo Kabul—, espero que sus capitanes hayan tomado una buena decisión —agregó.
—Pero desaparecieron —dijo Kandor.
—Sí,  pero ahora debemos preocuparnos por nosotros —agregó—. El mar a veces te hace ser egoísta y mezquino.
Al regresar al timón, Mackent preguntó por el revuelo en la bodega.
—Algunos ya comienzan a desesperarse —le explicó Kabul, mientras tomaba nuevamente el timón.
—Cuando anochezca estaremos juntos para ver si todo está en su justo lugar —comentó Mackent. Y así fue.
 Cuando apenas el sol comenzó a desaparecer en el horizonte, Mackent se colocó junto a Kabul y ambos comenzaron a observar los cielos para tratar de descubrir nuevamente a la estrella que los había guiado la noche anterior. Ambos se quedaron boquiabiertos al ver que la misma se encontraba, en ese momento, justo por detrás de ellos. Teóricamente y si todo había transcurrido en sus cánones naturales, como creían, esa estrella debería haber aparecido justo por delante de ellos.
Ya en la cabeza de los dos marinos no cabían otra cosa que la desazón y la sorpresa. La noche en ese momento pareció haber dado un giro de ciento ochenta grados. Lo que en la noche anterior estaba al frente, en ese momento, estaba justamente en la dirección contraria.
—Estamos navegando en círculos —dijo Kabul, maldiciendo su suerte.
—Lo dudo —expresó Mackent.
—¿Y entonces? ¿Cómo explicas esto?
—No lo sé; mantén firme el rumbo —le ordenó  aduciendo que mantuviera la misma dirección con la que estaban navegando.
Tomando una nueva estrella como referencia Kabul mantuvo el rumbo fijado y junto a él se apoltronó Mackent.
—Estaré contigo toda la noche —dijo—, cuatro ojos miran mejor que dos.
Toda la noche mantuvieron el rumbo preestablecido. Ambos se percataban de a ratos de no salirse del curso. Sus años de navegantes les decían que iban por buen camino y sus experiencias les marcaban que estaban haciendo las cosas bien. Pero todo se les derrumbó al ver los primeros rayos del sol, ya que comenzaron a salir por el horizonte que tenían justo por detrás de ellos. Los marinos se miraron incrédulos por lo que estaban viendo. ¿Si el sol estaba por popa al atardecer del día anterior y si no habían cambiado el rumbo en el transcurso de la noche? ¿Por qué el sol volvía a salir, ese día, por popa? Si en realidad debería haber salido por proa. Esas fueron las preguntas que ninguno de los dos supo responder.
Sin modificar el curso, aunque los cielos se les presentaran extraños e ilógicos, al anochecer Mackent tomó una decisión riesgosa.
—¡Echen anclas y mantengan el barco firme en esta posición! —ordenó, al momento en que Kandor le traía la mala noticia de que sólo quedaba un barril de agua.
Mackent obvió esa información ya que si no encontraba una respuesta rápida a lo que les estaba sucediendo, a nadie debería importarle la falta de agua; total de igual modo morirían en esas aguas extrañas.
En la soledad del inmenso mar el Nerida quedó varado y sujeto en la dirección que había navegado todo el día anterior. Con la noche encima notaron otro cambio notorio en el firmamento y controlando que las corrientes no hicieran girar al barco, Mackent le expresó a Kabul:
—Apenas amanezca zarparemos nuevamente.
—¿En que dirección?
—En la que mantuvimos durante todo el día de ayer.
Al día siguiente la sorpresa los envolvió otra vez al escuchar gritar al tripulante que estaba apostado en el carajo.
—¡Estamos salvados! —gritaron algunos marineros.
—¡Yo sabía que nuestro capitán nos llevaría por buen rumbo! —exclamó otro, casi con lágrimas en sus ojos.
Otros reían como locos, algunos lloraban, pero todos sin excepción les daban las gracias a Mackent y a Kabul por haberlos llevado a tierra firme.
Llegando a aguas menos profundas Mackent ordenó detener el barco y junto con Kabul más un grupo reducido de hombres, descendieron en botes.
Remando sobre aguas extremadamente cristalinas y con un verde jade que los deslumbraba, llegaron a la extensa playa que se perdía en ambos extremos del horizonte. Al pisar la suave y blanca arena Kabul le dijo a su amigo:
—Esto no estaba aquí ayer.
—Tienes razón, esto no estaba aquí —comentó Mackent totalmente azorado por la belleza y el misterio que rodeaba a dicho lugar.
Con todos los hombres sobre la playa Mackent ordenó desenvainar las espadas y liderando el grupo les ordenó que lo siguieran.
La hermosa y blanca playa estaba adornada de enormes y frondosas palmeras, algunas muy derechas y otras inclinadas le daban una vista muy peculiar a esas costas. Caminando unos cincuenta metros los hombres, con Mackent a la cabeza, se toparon con una inmensa pared verde. Una tupida selva se erigía frente a ellos. Con el ulular de los pájaros y el aullido de algunos animales, todos tomaron coraje y se internaron en la misma. A fuerza de espadas fueron abriendo una brecha,que les permitía internarse cada vez más profundo en la jungla. Al cabo de una hora, más o menos, Kabul oyó el sonido que hace el agua cuando recorre un camino pedregoso.
—¿Escuchas lo mismo que yo? —le preguntó a Mackent.
—Sí, y parece que viene de allá —dijo Mackent señalando con su mano hacia el frente.
Apurando la marcha y luego de media hora más de caminata, se toparon con una pequeña pradera de pastos cortos y de escasa extensión. A un costado de ella y emergiendo de las entrañas mismas de la selva, que había del otro lado, un manantial de tan solo cuatro metros de ancho recorría toda la extensión de la planicie.
Al ver esa idílica imagen, con alegría pero a su vez con mucha cautela, Mackent y los demás se acercaron a la corriente de agua. Al llegar de sus mochilas extrajeron las cantimplas y comenzaron a llenarlas de agua.
Las cantimplas eran unos recipientes hechos con la vejiga de Sabu, animal criado como ganado y muy apreciado por su carne. A las vejigas se las dejaba secar y luego de curarlas con ungüentos especiales se las cosía y se las forraba con el mismo cuero del Sabu. Estas cantimplas eran muy apreciadas por marineros y expedicionarios, porque en ellas se podía transportar algo más de dos litros de agua la cual se mantenía fresca por mucho tiempo por más que el sol le diera de lleno.
Luego de llenar cada uno su cantimpla, Mackent les ordenó a sus hombres volver al barco y decir al resto de la tripulación que desciendan y se aboquen a llenar las bodegas de agua.
—Vayamos a explorar —le sugirió Mackent a su amigo Kabul.
Sin dudar siguió los pasos de su capitán y los dos comenzaron a caminar arroyo arriba.
Luego de un espacio corto de tiempo y habiendo perdido de vista el lugar donde habían quedado los demás, cruzaron por sobre unas piedras el arroyuelo y tomaron por el recodo que éste hacía hacia el interior de la jungla. Internándose cada vez más dentro de la selva, a lo lejos, a unos quinientos o mil metros aproximadamente, lograron divisar el humo de lo que parecía ser una hoguera. Ambos se miraron y con mucho sigilo caminaron hacia dicha columna de humo. Al llegar se ocultaron detrás de unos matorrales donde lograron ver con sorpresa un espectáculo dantesco y atroz. Sin dejarse ver pudieron observar como un grupo de hombres semidesnudos tiraban al fuego, los restos de lo que parecía ser. . .

FRAGMENTO DEL PRIMER CAPITULO


Las ba­ta­llas por las Tie­rras del Sur



   Las Tie­rras del Sur se ca­rac­te­ri­za­ban por ser de una ri­que­za in­con­men­su­ra­ble. Sus vas­tas lla­nu­ras es­ta­ban ta­pi­za­das por ver­des pas­tu­ras. Allí ha­bía una in­fi­ni­dad de bos­ques, com­pues­tos por una enor­me va­rie­dad de ár­bo­les. Es­tos bos­ques con­ta­ban con una im­por­tan­te can­ti­dad de que­bra­chos, aca­cias, arau­ca­rias, ro­bles y, por so­bre to­do, om­búes, el ár­bol sa­gra­do de los na­ti­vos de es­tas tie­rras. La in­ter­mi­na­ble pam­pa con­ta­ba, en su lí­mi­te oes­te, con una enor­me cor­di­lle­ra.
La ca­de­na mon­ta­ño­sa re­co­rría a lo lar­go la Tie­rra del Sur. Sus im­po­nen­tes cum­bres ne­va­das, le da­ban un mar­co de gran­de­za y de mu­cho mis­te­rio. A es­te es­pec­tácu­lo de gran­de­za vi­sual, ha­bía que agre­gar­le los nu­me­ro­sos vol­ca­nes que en ella se eri­gían, los cua­les eran de es­ca­sa ac­ti­vi­dad, sólo al­gu­nos des­pe­dían gran­des y es­pe­sas nu­bes de va­por. Jus­to al cen­tro de es­ta ma­jes­tuo­sa ca­de­na mon­ta­ño­sa, se ele­va­ba el vol­cán más gran­de y el más ac­ti­vo de to­dos. Los ha­bi­tan­tes del lu­gar lo lla­ma­ban Omín. Se­gún las creen­cias de es­tos hom­bres, Omín era la mo­ra­da de Elem, “el caído en des­gra­cia”. Es­te ma­jes­tuo­so pe­ro mí­ti­co vol­cán co­lin­da­ba a unos qui­nien­tos me­tros con un pro­fun­do abis­mo que, se­gún las creen­cias, no te­nía fon­do. Es­te pro­fun­do abis­mo lo ha­bría abier­to Ma­puam, “El crea­dor”, jus­ta­men­te pa­ra en­ce­rrar a Elem. La en­tra­da es­ta­ba so­bre la ba­se de una de las gran­des mon­ta­ñas de la cor­di­lle­ra. En­tre és­ta y Omín ha­bía un ex­ten­so y pro­fun­do ca­ñón que los unía; los ha­bi­tan­tes lo de­no­mi­na­ban “El ca­lle­jón de los Sa­cri­fi­cios”. La en­tra­da al abis­mo, en ese mo­men­to, se en­con­tra­ba obs­trui­da por una enor­me ro­ca que, se­gún las creen­cias, fue pues­ta ahí por Elem cuan­do es­ca­pó.
La in­ter­mi­na­ble cor­di­lle­ra es­ta­ba ador­na­da por in­fi­ni­da­des de ver­tien­tes, que for­ma­ban pe­que­ños arro­yos que, a su vez, se iban unien­do y for­man­do los gran­des y to­rren­to­sos ríos que cru­za­ban de oes­te a es­te las Tie­rras del Sur, has­ta lle­gar al Gran Mar del Es­te. Es­tos cau­da­lo­sos ríos ha­cían que las tie­rras que re­co­rrían fue­ran muy fér­ti­les. Pe­ro a me­di­da que se acer­ca­ban al te­rri­to­rio, que se­gún los na­ti­vos era go­ber­na­do por Elem, el pai­sa­je de fer­ti­li­dad se iba mo­di­fi­can­do has­ta con­ver­tir­se en un pára­mo agres­te y sin vi­da.
El Gran Mar del Es­te es la ma­yor ex­ten­sión de agua de to­da la re­gión. Sus ori­llas ba­ñan to­do el lí­mi­te es­te de las Tie­rras del Sur. Cuan­do uno se pa­ra so­bre sus blan­cas pla­yas pue­de ver cómo su ex­ten­sión se pier­de en el ho­ri­zon­te, lo que ge­ne­ra­ba en los po­bla­do­res de es­tas tie­rras una vi­sión de mag­ni­fi­cen­cia y po­der. Tal es así que se lo con­si­de­ra­ba sa­gra­do, ya que, se­gún es­tos na­ti­vos, to­da la vi­da ha­bía si­do crea­da por Ma­puam, que era el dios so­be­ra­no, quien ha­bía uti­li­za­do al Gran Mar del Es­te pa­ra crear to­do ser vi­vien­te que ha­bi­ta­ba esas tie­rras. Por ese mo­ti­vo, y por su ina­go­ta­ble fuen­te de pe­ces, era con­si­de­ra­do sa­gra­do por los ha­bi­tan­tes del lu­gar.
El lí­mi­te nor­te de es­tas tie­rras es­ta­ba de­mar­ca­do por un enor­me río de es­ca­sa pro­fun­di­dad. En su mar­gen nor­te, se en­con­tra­ba la os­cu­ra y mis­te­rio­sa Sel­va Ne­gra; ca­si im­pe­ne­tra­ble por su es­pe­sa ve­ge­ta­ción, era con­si­de­ra­da ta­bú por los ha­bi­tan­tes de las Tie­rras del Sur, ya que de ella se con­ta­ban his­to­rias fan­tás­ti­cas de hom­bres mal­va­dos y se­res mis­te­rio­sos y es­qui­vos.
Al sur se ha­lla­ba lo que los na­ti­vos de­no­mi­na­ban el De­sier­to Blan­co. Es­te pára­mo de nie­ves eter­nas y fríos in­ten­sos, ha­cía que na­die pu­die­ra ni si­quie­ra acer­car­se, ya que a las per­so­nas que se arries­ga­ron a in­ter­nar­se en él, no se las vol­vió a ver con vi­da. Den­tro de es­tos lími­tes vi­vían, en ar­mo­nía, los de­no­mi­na­dos Hom­bres de las Tie­rras del Sur. Es­tos hom­bres per­te­ne­cían a una ra­za muy fuer­te fí­si­ca­men­te, eran aman­tes de la ca­za y la pes­ca, de las que sub­sis­tían. En su vi­da co­ti­dia­na eran muy pa­cífi­cos, pe­ro cuan­do era ne­ce­sa­rio de­mos­tra­ban ser exi­mios gue­rre­ros y há­bi­les crea­do­res de ar­mas. Es­tos hom­bres y mu­je­res vi­vían en una ci­vi­li­za­ción muy sim­ple. Sus vi­das se ca­rac­te­ri­za­ban por es­tar di­vi­di­das en cla­nes, que con­ta­ban con un go­ber­nan­te lo­cal, lla­ma­do Ca­ci­que. Es­tos ca­ci­ques, a su vez, es­ta­ban su­bor­di­na­dos por el Ca­ci­que Ma­yor, que en ese en­ton­ces se lla­ma­ba Cal­kén.
Ca­da clan con­ta­ba con un te­rri­to­rio pro­pio e in­de­pen­dien­te del res­to, y en­tre unos y otros la ar­mo­nía era muy fuer­te. Pe­ro la paz que se vi­vía en­tre es­tos cla­nes, se rom­pe­ría por la am­bi­ción de po­der de su ca­ci­que ma­yor.
Una vez al año, y en vís­pe­ras de la tem­po­ra­da fría, los ca­ci­ques, de los dis­tin­tos cla­nes, se reu­nían pa­ra de­sig­nar las ofren­das que le de­bían ser en­tre­ga­das a Elem. En los al­bo­res de es­ta ci­vi­li­za­ción, Elem ha­bía que­ri­do apo­de­rar­se de es­tas tie­rras, pe­ro lue­go de gran­des e in­ter­mi­na­bles ba­ta­llas, Elem y los hom­bres de las Tie­rras del Sur lle­ga­ron a un acuer­do: una vez al año, Elem, du­ran­te el cam­bio de la es­ta­ción de las llu­vias a la es­ta­ción fría, sal­dría de su mo­ra­da, el vol­cán Omín, y re­cla­ma­ría las ofren­das que es­tos hom­bres le en­tre­ga­ban, las cua­les con­sis­tían en par­te de las ri­que­zas de los dis­tin­tos cla­nes, y co­mo ofren­da ma­yor, la vi­da de una mu­jer o un ni­ño. Si es­to no se cum­plie­ra, Elem con­si­de­ra­ría ro­ta la tre­gua e in­va­di­ría al mun­do con sus ejér­ci­tos. Los ejér­ci­tos de Elem es­ta­ban com­pues­tos por quil­cos, se­res crea­dos por el mis­mo Elem. Con­ta­ban con una fuer­za físi­ca ca­si mági­ca y eran ex­tre­ma­da­men­te san­gui­na­rios en sus ac­tos. Es­tos te­rri­bles se­res te­nían una apa­rien­cia ca­si hu­ma­na, sus ros­tros eran muy si­mi­la­res a los de un fe­li­no, sus bo­cas es­ta­ban ador­na­das con gran­des dien­tes que po­dían ser usa­dos co­mo ar­mas, ya que su mor­di­da te­nía una fuer­za des­co­mu­nal. Ves­tían ar­ma­du­ras ne­gras, que los ha­cían ca­si in­mu­nes a los ata­ques con las ar­mas con­ven­cio­na­les de la épo­ca. Te­nían ma­nos gran­des y fuer­tes, sus de­dos ter­mi­na­ban en fi­lo­sas ga­rras, que po­dían usar co­mo ar­mas en el com­ba­te cuer­po a cuer­po. Tam­bién eran exi­mios gue­rre­ros con los ar­cos y fle­chas, ya que su vis­ta era mu­cho más agu­da que la de los hu­ma­nos. La for­ma de ma­tar a una de es­ta cria­tu­ras era acer­tán­do­le con una fle­cha o una da­ga por arri­ba de su cue­llo. És­te era el pun­to dé­bil que te­nía un quil­co, ya que el res­to del cuer­po te­nía el po­der de re­ge­ne­rar­se. Pe­ro si la fle­cha o la da­ga es­ta­ba for­ja­da con las pie­dras del Va­lle de la Lu­na, don­de és­ta hi­cie­ra con­tac­to le pro­vo­ca­ría una he­ri­da mor­tal.
El Va­lle de la Lu­na es­ta­ba com­pues­to por un gru­po de ce­rros que for­ma­ban un cír­cu­lo ca­si per­fec­to. Es­ta­ba den­tro del te­rri­to­rio que li­mi­ta­ba con Omín. Se­gún con­ta­ba la le­yen­da, el va­lle fue crea­do por Ma­puam, cuan­do és­te des­pren­dió un tro­zo de la lu­na e hi­zo que im­pac­ta­ra allí, pa­ra que los hom­bres tu­vie­ran las he­rra­mien­tas ne­ce­sa­rias pa­ra en­fren­tar a Elem y sus hor­das.
Los quil­cos eran co­man­da­dos por los pilches, tam­bién crea­dos por Elem, pa­ra ma­ne­jar y di­ri­gir a sus ejér­ci­tos. Eran ex­ce­len­tes es­tra­te­gas y des­pia­da­da­men­te vio­len­tos en com­ba­te. Su apa­rien­cia era si­mi­lar a la de los quil­cos, pe­ro eran mu­cho más gran­des y po­de­ro­sos, sus cuer­pos de ca­si dos me­tros de al­tu­ra y sus grue­sas ar­ma­du­ras los ha­cían ri­va­les ca­si in­ven­ci­bles en ba­ta­lla. Pe­ro te­nían el mis­mo pun­to dé­bil que los quil­cos. Los pil­ches, a su vez, eran di­ri­gi­dos por Mis­tra, que era el hi­jo de Elem. A és­te y a su pa­dre, los ha­bi­tan­tes del lu­gar ja­más los ha­bían vis­to, sólo sa­bían que eran in­mor­ta­les, san­gui­na­rios y to­tal­men­te des­pia­da­dos con cual­quier ser vi­vien­te que tu­vie­ra la ma­la suer­te de cru­zár­se­les en el ca­mi­no.
La le­yen­da con­ta­ba tam­bién que a Mis­tra y a Elem el úni­co ser que les po­día dar muer­te era el Ga­ri­vao, un ser crea­do por Ma­puam, por lo que tam­bién era in­mor­tal. Pe­ro la le­yen­da cuen­ta que ha­bía caí­do en des­gra­cia por cul­pa de Elem y Mis­tra.
To­do em­pe­zó cuan­do Ma­puam de­ci­dió echar de su rei­no a Elem, por las mal­da­des que es­ta­ba em­pe­ña­do en co­me­ter. En ese mo­men­to fue que Ma­puam de­ci­dió con­fi­nar a Elem al abis­mo sin fon­do. Pa­ra cus­to­diar es­te abis­mo fue crea­do el Ga­ri­vao, ya que sa­bía que si Elem es­ca­pa­ba del abis­mo iba a tra­tar de con­ta­mi­nar al mun­do con su mal­dad. El Ga­ri­vao fue crea­do co­mo un ser her­mo­so e in­mor­tal. Su obli­ga­ción era dar avi­so a Ma­puam si Elem tra­ta­ba de es­ca­par del abis­mo. Co­mo el Ga­ri­vao era una crea­ción de Ma­puam, ama­ba to­do lo crea­do por és­te. Pe­ro te­nía una es­pe­cial pre­di­lec­ción por los ni­ños, al ver­los tan frá­gi­les e in­de­fen­sos. Por cul­pa de uno de es­tos ni­ños fue que és­te ca­yó en des­gra­cia.
La his­to­ria cuen­ta que un día el Ga­ri­vao es­ta­ba sen­ta­do so­bre una ro­ca, cuan­do ve un ni­ño que ca­mi­na­ba por la ori­lla del río que cos­tea­ba el ca­lle­jón. Es­to le ex­tra­ñó un po­co, ya que ahí no ha­bía nin­gún pue­blo cer­ca.
Pe­ro de re­pen­te al ni­ño le sa­le un pu­ma y lo asus­ta, en­ton­ces re­tro­ce­de, tras­ta­bi­lla y cae a las to­rren­to­sas aguas. Al ver es­to, sin pen­sar el Ga­ri­vao co­rre a su res­ca­te. Mien­tras tan­to, den­tro del abis­mo, Elem ob­ser­va­ba to­do con de­te­ni­mien­to. Apro­ve­chan­do la dis­trac­ción de su guar­dián, sa­le de su en­cie­rro y co­rre a tra­vés del ca­lle­jón y se in­ter­na en el in­te­rior del vol­cán Omín. Des­de ese mo­men­to, Elem y su hi­jo Mis­tra go­bier­nan la cor­di­lle­ra en to­da su ex­ten­sión.
Al en­te­rar­se de lo su­ce­di­do, Ma­puam cas­ti­ga al Ga­ri­vao, pe­ro és­te se de­fien­de con­tan­do lo allí ocu­rri­do. En­ton­ces es cuan­do su crea­dor le de­mues­tra al Ga­ri­vao que la cria­tu­ra que in­ten­ta­ba sal­var era Mis­tra con­ver­ti­do en ni­ño, y que to­do fue un ar­did pa­ra dis­traer­lo y que Elem pu­die­ra es­ca­par.
El cas­ti­go im­pues­to por Ma­puam al Ga­ri­vao fue con­ver­tir­lo en un ser ho­rri­ble y des­pre­cia­ble a los ojos hu­ma­nos. Por ese mo­ti­vo su cuer­po su­fre una es­pan­to­sa trans­for­ma­ción que lo con­vier­te de un ser her­mo­so a uno con la apa­rien­cia de hom­bre, pe­ro con for­ma de lo­bo. Tam­bién es cas­ti­ga­do a va­gar en so­le­dad por las ori­llas de la cor­di­lle­ra. El Ga­ri­vao, al ver­se así, le pre­gun­ta a su crea­dor:
—¿Por qué me cas­ti­gas de es­ta ma­ne­ra?
—El tiem­po di­rá si eres real­men­te me­re­ce­dor de las vir­tu­des que te ofre­cí al co­mien­zo.
Des­de ese ins­tan­te, el Ga­ri­vao va­ga en so­le­dad por las cer­ca­nías de la cor­di­lle­ra, y co­mo es mi­tad hom­bre y mi­tad lo­bo, ad­quie­re las ma­ñas de las dos es­pe­cies. Pe­ro la so­le­dad y el odio ha­cia to­do lo que ten­ga que ver con Elem, lo hi­zo de­sa­rro­llar una des­tre­za sin igual en la lu­cha con­tra los quil­cos y pil­ches, a los que des­de en­ton­ces bus­ca y ex­ter­mi­na.
La tem­po­ra­da de llu­vias es­ta­ba lle­gan­do a su fin; con ella se ter­mi­na­ba la épo­ca de abun­dan­cia y ve­nía el pe­rio­do de es­ca­sez. Es­te cam­bio de tem­po­ra­da no sólo traía el frío, si­no que tam­bién mar­ca­ba la ve­ni­da de Elem a re­cla­mar sus ofren­das anua­les.
En la reu­nión anual de ca­ci­ques se tra­ta­ban di­ver­sos te­mas co­ti­dia­nos, co­mo lo eran los di­fe­ren­dos li­mí­tro­fes, bo­das en­tre pa­re­jas de dis­tin­tos cla­nes; y lo que na­die que­ría tra­tar, pe­ro por obli­ga­ción lo ha­cía, era a cuál de los cla­nes le co­rres­pon­día ofre­cer el sa­cri­fi­cio, y lo más ho­rri­ble era con­sen­suar quién se­ría.
Cal­kén era el ca­ci­que ma­yor, por con­si­guien­te era el más po­de­ro­so de to­dos. Tal era su po­der que lo que él de­cía te­nía que ser cum­pli­do, pe­ro si por al­gún mo­ti­vo es­to no era así, uti­li­za­ba to­do su po­der y as­tu­cia pa­ra tor­cer las ideas a su an­to­jo, me­dian­te ma­ne­jos y ne­go­cios os­cu­ros. Cal­kén ha­bía lle­ga­do a ser ca­ci­que ma­yor por he­ren­cia de li­na­jes, ya que sus te­rri­to­rios siem­pre fue­ron los más ex­ten­sos, con el ejér­ci­to más po­de­ro­so. Pe­ro es­te ca­ci­que te­nía en men­te que­dar­se con las tie­rras de Amuk, que era uno de los ca­ci­ques de se­gun­do ran­go, por con­si­guien­te de me­nor va­lía a la ho­ra de vo­tar.
Amuk era un hom­bre fuer­te, muy in­te­li­gen­te, con voz sua­ve y agra­da­ble, de un ca­rác­ter ama­ble pe­ro muy fir­me en sus de­ci­sio­nes y, por so­bre to­do, muy res­pe­tuo­so de las le­yes im­par­ti­das por el con­se­jo anual de ca­ci­ques. Es­to se con­tras­ta­ba con la fie­re­za que lo te­nía co­mo a uno de los me­jo­res gue­rre­ros de to­das las Tie­rras del Sur. Era muy fuer­te fí­si­ca­men­te, muy há­bil con cual­quier ti­po de ar­mas y un gran es­tra­te­ga a la ho­ra de re­sol­ver un con­flic­to bé­li­co. Es­ta­ba ca­sa­do con Chi­nak, hi­ja de otro ca­ci­que lla­ma­do Thok. Te­nía tres her­ma­nos, uno de ellos se lla­ma­ba Ko­kesh­ke, y era un hom­bre al­to y mus­cu­lo­so, de po­cas pe­ro pre­ci­sas pa­la­bras, con­ta­ba con un ca­rác­ter frío y cal­cu­la­dor. Muy res­pe­ta­do por to­dos, era muy te­mi­do por sus arran­ques de mal hu­mor, pe­ro a la vez muy ad­mi­ra­do por su des­tre­za y va­len­tía en com­ba­te.
Amuk tam­bién te­nía una her­ma­na, que era ge­me­la de Ko­kesh­ke, se lla­ma­ba Shía, una her­mo­sa mu­jer de piel bron­cea­da, al­ta co­mo su her­ma­no, de fi­gu­ra sen­sual y mo­vi­mien­tos fe­li­nos. Se di­fe­ren­cia­ba de los de­más por su lar­ga y blan­ca ca­be­lle­ra, que le lle­ga­ba has­ta los hom­bros. La de­li­ca­de­za y sen­sua­li­dad en su com­por­ta­mien­to ha­bi­tual, con­tras­ta­ba drás­ti­ca­men­te con su agre­si­vi­dad en ba­ta­lla, ya que era la úni­ca gue­rre­ra de to­da la re­gión. Ver­la lu­char cau­sa­ba pla­cer, ya que su agre­si­vi­dad com­bi­na­da con su be­lle­za la ha­cían un ri­val ca­si im­ba­ti­ble. Tam­bién era muy ad­mi­ra­da por los hom­bres y por las de­más mu­je­res de la re­gión, ya que to­das ellas se de­di­ca­ban ex­clu­si­va­men­te a los que­ha­ce­res del ho­gar. Shía era res­pe­ta­da y ad­mi­ra­da por su ca­rác­ter iró­ni­co y apa­ci­ble en la vi­da co­ti­dia­na.
El ter­ce­ro de los her­ma­nos de Amuk se lla­ma­ba Maíp. Por ser el me­nor de los cua­tro, era el más con­sen­ti­do, por lo que se ha­bía trans­for­ma­do en un jo­ven sal­va­je e in­do­ma­ble. Su con­tex­tu­ra fí­si­ca era del­ga­da y de es­ta­tu­ra me­dia. Era muy que­ri­do por la gen­te del clan de Amuk, ya que te­nía bue­nos sen­ti­mien­tos ha­cia los de­más. Pe­ro era la ove­ja ne­gra de la fa­mi­lia. Co­mo el res­to de sus her­ma­nos, era muy dies­tro en ba­ta­lla; su pun­to dé­bil era no obe­de­cer a sus her­ma­nos ma­yo­res, ya que siem­pre to­ma­ba ries­gos in­ne­ce­sa­rios en com­ba­te.
El te­rri­to­rio de Amuk era uno de los más ri­cos, jun­to con el de Cal­kén. Te­nía va­rias co­sas a fa­vor. Una de ellas era que es­ta­ba ba­ña­do por dos gran­des ríos que se unían en un in­men­so la­go cen­tral. Es­tos ríos es­ta­ban bor­dea­dos por añe­jos y enor­mes sau­ces llo­ro­nes; sus am­plias lla­nu­ras es­ta­ban cu­bier­tas por es­pe­sas y ver­des pas­tu­ras. Los ani­ma­les que se ali­men­ta­ban de ellas eran de me­jor ca­li­dad que los de­más, por lo que era una zo­na ex­ce­len­te pa­ra la ca­za. La ex­ten­sión de es­te te­rri­to­rio iba des­de la cor­di­lle­ra has­ta el Mar del Es­te. Al nor­te li­mi­ta­ba con el te­rri­to­rio de Cal­kén, y par­te del te­rri­to­rio de Thok. Es­te lími­te lo de­mar­ca­ba un enor­me río que, con su ser­pen­tean­te re­co­rri­do, iba de oes­te a es­te y de­sem­bo­ca­ba en el in­men­so Mar del Es­te. Al sur li­mi­ta­ba con otro río que te­nía el mis­mo re­co­rri­do que los de­más. Es­te lí­mi­te na­tu­ral se­pa­ra­ba al te­rri­to­rio de Amuk con el de otro ca­ci­que lla­ma­do Kash­ka. A to­do es­te pai­sa­je de abun­dan­cia ha­bía que su­mar­le que el te­rri­to­rio de Amuk con­ta­ba con el em­pla­za­mien­to del fa­mo­so Va­lle de la Lu­na, siem­pre co­di­cia­do por Cal­kén, quien por ese mo­ti­vo tra­tó de ur­dir al­gún plan pa­ra apo­de­rar­se de ese te­rri­to­rio.
El día se es­ta­ba yen­do, se co­men­za­ban a ver las pri­me­ras es­tre­llas en el diá­fa­no fir­ma­men­to. La jor­na­da ha­bía si­do muy in­ten­sa, más pa­ra Cal­kén, que ha­bía te­ni­do va­rias reu­nio­nes se­cre­tas; la más lar­ga fue con su her­ma­no me­nor Thok, pa­dre de Chi­nak.
Lue­go de los sa­lu­dos de ri­gor die­ron co­mien­zo a la reu­nión anual. Los te­mas se iban to­can­do se­gún el cro­no­gra­ma ha­bi­tual, que se ha­bía im­pues­to con el pa­so de los años. To­dos los te­mas y con­flic­tos se ha­bían re­vi­sa­dos y vo­ta­dos por una una­ni­mi­dad. Pe­ro lle­ga­ría el que na­die, sal­vo Cal­kén, que­ría to­car: sa­ber cuál se­ría el clan que ofre­ce­ría el sa­cri­fi­cio ma­yor y, por so­bre to­do, sa­ber quién se­ría la sa­cri­fi­ca­da. To­dos los cla­nes ha­bían da­do la pe­no­sa ofren­da, só­lo res­ta­ban el clan de Thok y el de Amuk.
En el mo­men­to de la vo­ta­ción, a Cal­kén se lo veía tran­qui­lo, pe­ro a Thok se lo no­ta­ba tris­te y ofus­ca­do.
Co­mo la vo­ta­ción fue pa­re­ja y no hu­bo una ma­yo­ría to­tal, ni por uno ni por otro, Cal­kén se­ría quien ten­dría la obli­ga­ción de de­ci­dir el re­sul­ta­do. En­ton­ces se pa­ra al cen­tro de los ahí reu­ni­dos y di­ce:
—Co­mo ca­ci­que ma­yor de­ci­do que el clan que efec­tua­rá el sa­cri­fi­cio es­te año se­rá el clan de Amuk, y la ele­gi­da pa­ra di­cho sa­cri­fi­cio se­rá Chi­nak, la es­po­sa de Amuk.
Al es­cu­char la de­ci­sión de Cal­kén, Amuk se po­ne de pie y pro­po­ne una nue­va vo­ta­ción. Pe­ro co­mo era de pen­sar, Cal­kén se nie­ga, les ha­bla a sus pa­res, y co­mo si to­do ya es­tu­vie­ra pac­ta­do, se nie­gan, adu­cien­do que la re­so­lu­ción ya ha­bía si­do to­ma­da.
Amuk gi­ra y mi­ra fi­ja­men­te a Thok, co­mo pi­dién­do­le ayu­da; es­qui­ván­do­le la mi­ra­da, Thok sólo ati­na a que­dar­se ca­lla­do.
El ama­ne­cer se ha­bía he­cho pre­sen­te con sus pri­me­ros fríos. Ya en su te­rri­to­rio, Amuk en­tra a su cho­za y man­da lla­mar a sus her­ma­nos. Una vez los cua­tro reu­ni­dos les co­mu­ni­ca la de­ci­sión del con­se­jo. Al es­cu­char la no­ti­cia, és­tos in­me­dia­ta­men­te se re­hú­san a aca­tar la or­den.
Pe­ro co­mo Amuk era un hom­bre de ho­nor y su­ma­men­te res­pe­tuo­so de las le­yes de su pue­blo, aun­que es­tu­vie­ran en su con­tra, le di­ce:
—La vo­ta­ción fue pa­re­ja y la de­ci­sión fi­nal fue és­ta, y por más que nos pe­se ha­brá que cum­plir­la.
Por la no­che, ya en la in­ti­mi­dad de su dor­mi­to­rio, Chi­nak le pre­gun­ta a su es­po­so cuál era el mo­ti­vo por el que es­ta­ba tan preo­cu­pa­do. És­te le da un fuer­te be­so y le di­ce:
—Acom­pá­ña­me, de­bo reu­nir a to­do el pue­blo.
Am­bos sa­len. Al ca­bo de unos mi­nu­tos, el pue­blo se em­pe­za­ba a con­gre­gar al fren­te de su cho­za. Una vez reu­ni­dos, su ca­ci­que les co­mu­ni­ca la de­ci­sión del con­se­jo.
Chi­nak, al es­cu­char la no­ti­cia, se afe­rra fuer­te­men­te a su hi­jo, y sin de­mos­trar nin­gún ti­po de asom­bro, da un pa­so al fren­te y les di­ce:
—Si fui yo la ele­gi­da, se­rá un ho­nor pa­ra mí sa­cri­fi­car­me por mi pue­blo.
La no­che trans­cu­rría con mu­cha tran­qui­li­dad, sólo se oía el ulu­lar de los zo­rros, una que otra le­chu­za y, co­mo to­das las no­ches, un ver­da­de­ro con­cier­to de gri­llos.
Shía sa­le de su cho­za, no po­día dor­mir por­que to­da­vía le da­ba vuel­tas en la ca­be­za la ho­rri­ble idea del sa­cri­fi­cio de su cu­ña­da. Al sa­lir de la cho­za, es­cu­cha un sor­do ge­mi­do. Agu­di­za el oído y la vis­ta y des­cu­bre que era Chi­nak quien so­llo­za­ba en so­le­dad, sen­ta­da en la enor­me raíz del gran om­bú, que res­guar­da­ba a las cho­zas del pue­blo.
Al ver­la, Shía se le acer­ca y abra­zán­do­la le di­ce:
—Es­to ha si­do idea de tu tío Cal­kén. Tú sa­bes que siem­pre qui­so to­mar nues­tras tie­rras, pe­ro co­mo nun­ca se ani­mó a un con­flic­to, pac­tó con los de­más ca­ci­ques y arre­gló la vo­ta­ción.
—Ya lo sé —res­pon­de Chi­nak, y agre­ga—: tú sa­bes que sin mi pre­sen­cia tu her­ma­no no ten­drá el apo­yo de mi pa­dre. Pe­ro apar­te de eso, lo que más me afli­ge en es­te mo­men­to es sa­ber que no po­dré ver cre­cer a mi hi­jo co­mo lo so­ña­mos con Amuk.
Al tér­mi­no de esos di­chos, Chi­nak le ha­ce ju­rar a Shía que ve­la­rá por su hi­jo des­de aho­ra en ade­lan­te. Shía ju­ra con lá­gri­mas en los ojos, y se fun­den en un fuer­te e in­ter­mi­na­ble abra­zo.
El ama­ne­cer en­con­tró a Chi­nak dur­mien­do en el re­ga­zo de Shía, y a és­ta con los ojos ne­gros cla­va­dos en la cor­di­lle­ra que li­mi­ta al oes­te con su tie­rra.
La ima­gen de cla­ri­dad que da­ba el cie­lo com­ple­ta­men­te cu­bier­to con­tras­ta­ba her­mo­sa­men­te con la sua­ve bru­ma que se ele­va­ba le­ve­men­te so­bre la ver­de pas­tu­ra.
Al ver que los hom­bres ve­nían de rea­li­zar las pes­cas ma­ti­na­les, Shía pi­de y exi­ge reu­nir­se con sus her­ma­nos. Una vez los cua­tro reu­ni­dos les pro­po­ne, sin nin­gún ti­po de ro­deos, ser ella la sa­cri­fi­ca­da, a lo que Amuk se nie­ga, ex­pli­can­do:
—Cal­kén ya par­tió ha­cia el Ca­lle­jón de los Sa­cri­fi­cios pa­ra dar par­te de có­mo y quién se­rá la ofren­da­da. Y to­dos sa­be­mos qué po­dría su­ce­der si Elem no re­ci­be la do­te pac­ta­da.
—En­ton­ces ha­brá que pre­pa­rar­se pa­ra la gue­rra, por­que to­dos sa­be­mos que cuan­do tu es­po­sa ya no es­té, Cal­kén que­rrá ata­car y to­mar nues­tro te­rri­to­rio —di­ce Ko­kesh­ke.
Amuk, acon­go­ja­do por to­do lo que has­ta ese mo­men­to ha­bía es­ta­do ocu­rrien­do, le con­tes­ta:
—Si así de­be ser, así se­rá.
A to­do es­to, Maíp no ha­bía pro­nun­cia­do pa­la­bra al­gu­na, to­dos lo veían muy tris­te ya que Chi­nak ha­bía si­do co­mo una ma­dre pa­ra él. En ese mo­men­to Shía le pi­de una opi­nión y Maíp, to­tal­men­te de­sen­ca­ja­do, se le­van­ta y sa­le co­rrien­do de la cho­za.
El atar­de­cer pa­re­cía ha­ber en­ten­di­do los áni­mos en el pue­blo de Amuk. Sus ha­bi­tua­les con­cier­tos de can­to ese día ha­bían he­cho un si­len­cio ca­si cóm­pli­ce.
Amuk ayu­da­ba a su es­po­sa y se pre­pa­ra­ban pa­ra el via­je que los lle­va­ría ha­cia el Ca­lle­jón de los Sa­cri­fi­cios.
En ese mo­men­to, y sin que su her­ma­no ma­yor se en­te­re, Maíp en­tra a la cho­za de Ko­kesh­ke. Du­ran­te una ho­ra sólo se oye un le­ve mur­mu­llo en su in­te­rior; lue­go de ese tiem­po sa­len Maíp se­gui­do por Shía, por de­trás de ellos es­cu­chan a Ko­kesh­ke, que di­ce:
—Que nues­tro pue­blo nos per­do­ne.
Al día si­guien­te to­do el clan se reúne de­ba­jo del gran om­bú pa­ra des­pe­dir a Chi­nak, que jun­to a su es­po­so rea­li­za­rá el via­je de ida sólo pa­ra ella.
Chi­nak se de­tie­ne por un ins­tan­te, mi­ra su te­rri­to­rio por úl­ti­ma vez y, jun­to con su ma­ri­do, par­te ha­cia el Ca­lle­jón de los Sa­cri­fi­cios.
Lue­go de un ex­te­nuan­te y tris­te via­je, lle­gan al Ca­lle­jón de los Sa­cri­fi­cios, jus­to al fren­te de una de las la­de­ras del vol­cán Omín. Amuk co­lo­ca a su es­po­sa so­bre el al­tar de sa­cri­fi­cios. En­cien­de una ho­gue­ra y co­lo­ca las de­más ofren­das, que fue­ron do­na­das por el res­to de los cla­nes. Chi­nak mi­ra a su es­po­so y le di­ce que pue­de re­ti­rar­se. Pe­ro és­te le con­tes­ta que se que­da­rá con ella has­ta el úl­ti­mo ins­tan­te.
La no­che se ha­bía he­cho pre­sen­te. De pron­to, cuan­do só­lo se es­cu­cha­ba el so­ni­do de los ani­ma­les noc­tur­nos, se hi­zo un si­len­cio se­pul­cral. Las nu­bes, co­mo si fue­ran cóm­pli­ces del es­pec­tá­cu­lo, cu­bren to­tal­men­te a la lu­na, de­ján­do­los alum­bra­dos so­la­men­te por la luz de la ho­gue­ra. De­trás de una de las la­de­ras se oyen unos so­ni­dos ex­tra­ños, no hu­ma­nos ni na­tu­ra­les. En­ton­ces Chi­nak se des­pi­de de Amuk, que se re­ti­ra sin que­rer mi­rar ha­cia atrás. Chi­nak se re­cues­ta en el al­tar, se aco­mo­da y cie­rra los ojos.
Los so­ni­dos es­pec­tra­les se ha­cían ca­da vez más fuer­tes y se es­cu­cha­ban ca­da vez más cer­ca. En ese mo­men­to se oyen los so­ni­dos de unos tam­bo­res, que ha­cían re­tum­bar la tie­rra. Jus­to en el mo­men­to en que Amuk sa­le del ca­lle­jón, al otro la­do se ve aso­mar la si­lue­ta de un quil­co, y de­trás otros seis más y más atrás un enor­me pil­che.
Mien­tras Chi­nak re­za­ba en si­len­cio una ple­ga­ria, por de­trás del al­tar y apro­ve­chan­do la os­cu­ri­dad co­mo alia­da, tres som­bras se es­cu­rren fur­ti­va­men­te ha­cia ella. Eran Ko­kesh­ke, Shía y Maíp, que arras­trán­do­se lo­gran lle­gar has­ta don­de es­ta­ba Chi­nak, sin que los quil­cos se die­ran cuen­ta de es­ta ma­nio­bra. Shía ta­pa la bo­ca a Chi­nak, y con es­fuer­zo tra­ta de con­ven­cer­la, ya que és­ta se re­hu­sa­ba a ser res­ca­ta­da. Mien­tras los de­más her­ma­nos mon­tan guar­dia, Shía le di­ce con voz fir­me:
—Haz­lo por tu hi­jo, que te ex­tra­ña y que to­da­vía se en­cuen­tra sen­ta­do so­bre la raíz del om­bú, des­de el mo­men­to que te fuis­te.
Chi­nak re­fle­xio­na y ac­ce­de, y jun­to con los tres her­ma­nos se es­ca­bu­llen en­tre las som­bras.
Al lle­gar al al­tar, los quil­cos no en­cuen­tran la ofren­da que ve­nían a bus­car, eso les cau­sa una tre­men­da sor­pre­sa y uno de ellos emi­te con fuer­za un chi­lli­do des­ga­rra­dor, que jun­to con los de­más y se­gui­do por el pil­che ha­ce es­tre­me­cer la tie­rra. En ese mo­men­to, el pil­che or­de­na a sus quil­cos que sal­gan a bus­car por los al­re­de­do­res. Mien­tras, prófu­gos es­ta­ban sa­lien­do del ca­lle­jón, de­ja­ban atrás a esos se­res de­mo­nía­cos, que se de­ses­pe­ra­ban en una bús­que­da fre­né­ti­ca chi­llan­do con fu­ria.
Al lle­gar al pue­blo, Amuk en­cuen­tra a su hi­jo dor­mi­do so­bre una de las raíces del enor­me om­bú, lo aca­ri­cia y, co­mo sos­pe­chan­do al­go, en­tra en las cho­zas de sus her­ma­nos y no los en­cuen­tra. En ese mis­mo ins­tan­te, los pró­fu­gos ya es­ta­ban en ple­na fu­ga. Cuan­do de re­pen­te, y por de­trás de una ro­ca, un quil­co les sa­le al cru­ce. Al ver­se aco­rra­la­dos, los tres her­ma­nos de­sen­vai­nan sus ar­mas y cu­bren con sus cuer­pos a Chi­nak. El quil­co se pa­ra y emi­te un so­ni­do muy pa­re­ci­do al que ha­cen los pája­ros car­pin­te­ros cuan­do bus­can co­mi­da. En­ton­ces Maíp les di­ce, gri­tan­do:
—¡Es­tá pi­dien­do ayu­da!
Sin pen­sar en las con­se­cuen­cias, Ko­kesh­ke se aba­lan­za so­bre el quil­co se­gui­do por Shía. El quil­co se de­fien­de dan­do gol­pes con sus fi­lo­sas ga­rras. Los tres se de­ba­tían en una lu­cha des­co­mu­nal. De pron­to, y en un des­cui­do del quil­co, Maíp, con un cer­te­ro dis­pa­ro de su ar­co, le ati­na jus­to en­tre sus ojos. El quil­co da un pa­so ha­cia atrás emi­tien­do un so­ni­do sor­do y cae muer­to al pi­so. Sin per­der tiem­po, Shía to­ma del bra­zo a Chi­nak y jun­to con sus her­ma­nos se dan a la fu­ga.
Mien­tras tan­to en el pue­blo, Amuk, al no en­con­trar a sus her­ma­nos vuel­ve al om­bú, to­ma a su hi­jo en bra­zos y se que­da vien­do fi­ja­men­te ha­cia la cor­di­lle­ra. Con las pri­me­ras lu­ces del día y la pe­sa­da bru­ma de la ma­ña­na, lo­gra di­vi­sar, en di­rec­ción del ca­lle­jón, cua­tro si­lue­tas que, cuan­do se acer­can, re­co­no­ce que son sus her­ma­nos, y por de­trás de ellos apa­re­ce Chi­nak. Al ver­la, sin pen­sar sa­le co­rrien­do y se fun­de en un apa­sio­na­do abra­zo. Los tres her­ma­nos, real­men­te ago­ta­dos, ob­ser­van la es­ce­na con el or­gu­llo de creer ha­ber he­cho lo co­rrec­to. En­ton­ces Amuk vuel­ve a la rea­li­dad y les pre­gun­ta con se­ve­ri­dad y voz fir­me:
—¿Qué han he­cho?
Ko­kesh­ke, con su ha­bi­tual frial­dad, le res­pon­de:
—Res­ca­tar a tu es­po­sa y evi­tar una gue­rra con Cal­kén.
Amuk, vi­si­ble­men­te ofus­ca­do, les di­ce.
—Elem aho­ra que­rrá to­mar re­pre­sa­lias con­tra Cal­kén, que se­gu­ro las to­ma­rá con­tra no­so­tros, y és­to no se­ría na­da si es que Elem no de­ci­de ha­cer al­go más te­rri­ble, ya que es la pri­me­ra vez en déca­das que él no re­ci­be su do­te anual.
Shía les di­ce que Cal­kén se arre­gle, ya que to­do es­to ha si­do tra­ma­do por él.
Amuk, eno­ja­do, les re­pi­te:
—Lo que ha su­ce­di­do hoy es muy gra­ve y se­gu­ro ha­brá tre­men­das con­se­cuen­cias.
Maíp, que has­ta ese mo­men­to no ha­bía pro­nun­cia­do pa­la­bra al­gu­na, de­sen­vai­nan­do sus ar­mas, les di­ce:
—Si hay con­se­cuen­cias que las ha­ya, nues­tro pue­blo los es­ta­rá es­pe­ran­do.
La no­che em­pe­za­ba a ser ga­la de las pri­me­ras som­bras. En el te­rri­to­rio de Cal­kén, las pa­tru­llas de vi­gi­lan­cia ha­cían sus pri­me­ras ron­das ha­bi­tua­les.
Es­tas pa­tru­llas re­co­rrían to­dos los lí­mi­tes del te­rri­to­rio, bus­can­do al­gún ti­po de in­fil­tra­do.
Una de las pa­tru­llas que se en­con­tra­ba en el lími­te oes­te, se dis­po­nía a pa­sar la no­che en un pe­que­ño cla­ro que le ofre­cía un tu­pi­do bos­que de aca­cias, que es­ta­ba en cer­ca­nías del vol­cán Omín. El só­lo sa­ber dón­de es­ta­ban les pro­vo­ca­ba un frío in­ten­so a los sol­da­dos de la pa­tru­lla.
Es­tas pa­tru­llas es­ta­ban com­pues­tas por gue­rre­ros de Eli­te, la can­ti­dad de sol­da­dos la da­ba la ex­ten­sión del te­rri­to­rio a cus­to­diar. En el bos­que de aca­cias ya ha­bían pa­sa­do las pri­me­ras cua­tro ho­ras de guar­dia. Los sol­da­dos se en­con­tra­ban sen­ta­dos al­re­de­dor de la ho­gue­ra. Cuan­do de pron­to, por de­trás de unos ma­to­rra­les que ador­na­ban al bos­que, uno de los guar­dias al­can­za a di­vi­sar en la pe­num­bra una si­lue­ta de ca­rac­te­rís­ti­cas hu­ma­nas. És­te, sin per­der tiem­po, les avi­sa a sus com­pa­ñe­ros. To­man­do sus ar­mas, los res­tan­tes guar­dias gi­ran sus mi­ra­das ha­cia el lu­gar que les ha­bía se­ña­la­do su com­pa­ñe­ro. Mien­tras la som­bra per­ma­ne­cía in­móvil, el sol­da­do que la ha­bía avis­ta­do le pi­de, con un gri­to, que se acer­que y que se de a co­no­cer. En ese mo­men­to, los de­más guar­dias se abren en aba­ni­co, tra­tan­do de cer­car a la si­nies­tra som­bra. Mien­tras és­tos des­ple­ga­ban su es­tra­te­gia, el je­fe de la pa­tru­lla se acer­ca a la mis­ma. En el mo­men­to en que el sol­da­do ha­bría es­ta­do a unos seis o sie­te me­tros de la si­lue­ta, del ex­tre­mo su­pe­rior de és­ta se en­cien­den dos pe­que­ñas lu­ces ro­jas co­mo el fue­go. Es­to im­pac­ta en el áni­mo de los sol­da­dos, que que­dan pa­ra­li­za­dos. Lue­go oyen un so­ni­do ex­tra­ño que ja­más sus oídos ha­bían es­cu­cha­do, no era hu­ma­no ni ani­mal. Sólo que al es­cu­char­lo les es­tre­me­cía has­ta los hue­sos. El so­ni­do te­nía una si­mi­li­tud al chas­qui­do que emi­ten los mur­ciéla­gos. Era tal el mis­te­rio y el pa­vor que te­nían es­tos gue­rre­ros, que sin re­ci­bir or­den al­gu­na, to­dos al uní­so­no des­ple­ga­ron sus ar­mas. En ese mo­men­to, el ho­rren­do so­ni­do se de­tie­ne y jun­to con él to­dos los so­ni­dos del bos­que. En ese pre­ci­so ins­tan­te, el si­len­cio se hi­zo se­pul­cral. Los sol­da­dos ya se pres­ta­ban pa­ra ro­dear a la si­lue­ta. Ob­ser­van ató­ni­tos có­mo el ex­tra­ño da un tre­men­do sal­to y cae pa­ra­do so­bre una ra­ma de la aca­cia que es­ta­ba a su la­do. La sor­pre­sa fue enor­me al ver la al­tu­ra en que ha­bía sal­ta­do la si­lue­ta, ya que nin­gún hom­bre nor­mal la hu­bie­ra po­di­do al­can­zar. De pron­to el si­len­cio se rom­pió al es­cu­char el ate­rra­dor so­ni­do an­te­rior; lue­go de unos es­ca­sos se­gun­dos el chi­lli­do se hi­zo más in­ten­so, tan des­ga­rra­dor fue el so­ni­do que los sol­da­dos no pu­die­ron so­por­tar­lo y fue­ron obli­ga­dos a ta­par­se los oídos. En el mo­men­to en que el so­ni­do iba pro­gre­san­do, las lu­ces ro­jas au­men­ta­ron su in­ten­si­dad. Es­ta vi­sión pro­vo­có un tre­men­do te­rror a los sol­da­dos, que sin du­dar y ta­pán­do­se los oídos, se die­ron a la fu­ga. Al tra­tar de huir, los sol­da­dos se dan cuen­ta de que la si­lue­ta aho­ra se en­con­tra­ba nue­va­men­te al fren­te de ellos. No po­dían creer su ve­lo­ci­dad, pe­ro lue­go de unos se­gun­dos uno de los sol­da­dos se da cuen­ta y les di­ce a los de­más:
—No es la mis­ma, es otra.
Al gi­rar sus mi­ra­das, se dan cuen­ta de que ya no eran dos, si­no tres. De pronto, y por de­trás de ellos, apa­re­ce una cuar­ta som­bra que de es­ta for­ma cie­rra el cír­cu­lo al­re­de­dor de los sol­da­dos. Las som­bras co­mien­zan con sus ho­rro­ro­sos chi­lli­dos, los sol­da­dos ob­ser­van que las som­bras se aga­za­pan, ellos em­pu­ñan sus ar­mas y se mi­ran unos a los otros, lue­go de unos mi­nu­tos las som­bras dan un sal­to y caen so­bre los sol­da­dos.
Al ama­ne­cer, Cal­kén se dis­po­nía a pa­sar re­vis­ta a las pa­tru­llas que, de a una, iban lle­gan­do de las fron­te­ras. Pe­ro de las diez pa­tru­llas sólo cin­co ha­bían vuel­to de allí. Cal­kén, asom­bra­do, reúne a las pa­tru­llas re­cién lle­ga­das y les pre­gun­ta si sa­bían al­go de las de­más; los je­fes le res­pon­den no sa­ber na­da de los otros gru­pos. Uno de ellos le re­cuer­da que ha­bía si­do una no­che atípi­ca, ya que de un mo­men­to a otro el si­len­cio los ha­bía en­vuel­to. Otro, co­men­tó que ha­bía es­cu­cha­do al­gu­nos so­ni­dos ra­ros en cer­ca­nías de la zo­na oes­te, pe­ro sólo ha­bía si­do por unos po­cos mi­nu­tos.
Al es­cu­char es­tos re­la­tos, Cal­kén eli­ge a sus me­jo­res quin­ce sol­da­dos y les or­de­na que lo si­gan, y sin du­dar par­ten ha­cia la fron­te­ra oes­te, en bús­que­da de las pa­tru­llas ex­tra­via­das.
Al lle­gar allí, don­de ha­bi­tual­men­te acam­pa­ban y se ha­cía ba­se pa­ra la guar­dia noc­tur­na, que­dan he­la­dos y ate­rro­ri­za­dos al ver el es­ce­na­rio que te­nían an­te sus ojos.
La pri­me­ra pa­tru­lla es en­con­tra­da es­par­ci­da por to­do el pe­ríme­tro. Los cuer­pos es­ta­ban irre­co­no­ci­bles, sal­vo por las te­las de las ves­ti­men­tas, que da­ban a co­no­cer las iden­ti­da­des de los sol­da­dos.
Col­ga­do de una ra­ma con los pies ha­cia arri­ba, es­ta­ba el úni­co cuer­po en­te­ro, sólo que le fal­ta­ba la ca­be­za y en su es­pal­da te­nía es­cri­to, con al­go muy fi­lo­so, la pa­la­bra “Sa­cri­fi­cio”.
Cal­kén, blan­co por la im­pre­sión, or­de­na la re­co­lec­ción de los cuer­pos y con el res­to de los sol­da­dos par­ten en bús­que­da de las de­más pa­tru­llas. Al lle­gar al otro pun­to de vi­gi­lan­cia se en­cuen­tran con el mis­mo dan­tes­co es­pec­tácu­lo, pe­ro es­ta vez en el muer­to que col­ga­ba, sin ca­be­za, la le­yen­da de­cía: “Cal­kén”.
Así fue su­ce­dien­do el día, una tras otra fue­ron en­con­tra­das las pa­tru­llas, pe­ro en ca­da una de ellas el men­sa­je era dis­tin­to. Una de­cía: “Ven­gan­za”; la otra de­cía: “Muer­te”, y en la úl­ti­ma: “Es­cla­vi­tud”.
Sin du­das que és­te era un ho­rren­do y sádi­co avi­so. Al in­ves­ti­gar en la zo­na, en­cuen­tran que to­do ha­bía su­ce­di­do muy rápi­da­men­te y ca­si sin nin­gún ti­po de re­sis­ten­cia de par­te de los fa­lle­ci­dos. Tam­bién en el lu­gar se en­con­tra­ron mu­chas hue­llas de quil­cos.
Cal­kén se da cuen­ta de que es­to ha su­ce­di­do por­que el sa­cri­fi­cio no se ha­bía rea­li­za­do, co­mo es­tu­vo pac­ta­do. En­ton­ces, sin du­dar­lo, to­ma a un re­du­ci­do gru­po de sol­da­dos y par­ten ha­cia los te­rri­to­rios de Amuk.
Pa­ra lle­gar a di­cho te­rri­to­rio, ha­bía que cos­tear la cor­di­lle­ra y se­guir co­rrien­te aba­jo al río que se di­ri­ge des­de el vol­cán Omín ha­cia el cen­tro del pue­blo de Amuk. Cal­kén y sus sol­da­dos iban fuer­te­men­te ar­ma­dos, pe­ro la ira de Cal­kén no le de­ja­ba ver el te­rror en los ros­tros de sus sol­da­dos. És­tos, de más de mil ba­ta­llas, pre­sen­tían que és­ta no se­ría una mi­sión más, y en sus ros­tros se po­día per­ci­bir el mie­do que los re­co­rría.
Al atar­de­cer, en un cla­ro, Cal­kén or­de­na de­te­ner la mar­cha y que se pre­pa­ren pa­ra acam­par. Ha­cen una ho­gue­ra y co­lo­can cen­ti­ne­las al­re­de­dor del pe­ríme­tro. La no­che co­men­za­ba con su ha­bi­tual con­cier­to, que con­tras­ta­ba con el si­len­cio de los sol­da­dos. De pron­to, uno de los cen­ti­ne­las da un gri­to de te­rror y cae des­plo­ma­do con su es­tó­ma­go par­ti­do en dos, co­mo si lo hu­bie­sen cor­ta­do con mil na­va­jas. En ese ins­tan­te, otro sol­da­do da la voz de alar­ma y to­do el gru­po, in­clui­do Cal­kén, de­sen­vai­nan sus ar­mas. Los sol­da­dos for­man un cír­cu­lo hu­ma­no, y en su in­te­rior co­lo­can a Cal­kén, cuan­do de pron­to, por los re­fle­jos de la lu­na, ob­ser­van có­mo un gru­po de quil­cos co­mien­zan a re­tar­los, ha­cien­do el mis­mo so­ni­do que la no­che an­te­rior. Cal­kén, vi­si­ble­men­te ate­rra­do, or­de­na a sus sol­da­dos que ata­quen, pe­ro és­tos, por el páni­co, du­dan un se­gun­do. Cal­kén re­pi­te la or­den y sus sol­da­dos, emi­tien­do su gri­to de gue­rra, sal­tan des­pe­di­dos con­tra los quil­cos. Con Cal­kén só­lo se que­da su lu­gar­te­nien­te co­mo cus­to­dia. Mien­tras los de­más gue­rre­ros co­rren ha­cia los quil­cos, és­te y su cus­to­dio sa­len co­rrien­do ha­cia el otro la­do. Mien­tras los gue­rre­ros co­rrían pa­ra en­fren­tar­se a los quil­cos, ob­ser­van que de­trás de ellos apa­re­ce la si­lue­ta de un pil­che, que les or­de­na ata­car a los sol­da­dos, y sin du­dar los quil­cos arre­me­ten y em­bis­ten a los gue­rre­ros. El cho­que fue rápi­do y ful­mi­nan­te. El gru­po de gue­rre­ros de la eli­te de Cal­kén, gri­ta­ba de te­rror mien­tras eran des­tro­za­dos por las ga­rras de los quil­cos.
Al ter­mi­nar el com­ba­te, el pil­che se de­tie­ne a ob­ser­var el dan­tes­co es­pec­tácu­lo y en ese mo­men­to se da cuen­ta de que ahí no se en­con­tra­ba el cuer­po de Cal­kén. En­ton­ces de in­me­dia­to les or­de­na a sus quil­cos que sal­gan a bus­car­lo. Al es­cu­char es­ta or­den cua­tro quil­cos sa­len des­pe­di­dos a to­da ve­lo­ci­dad en bús­que­da de Cal­kén. És­te y su cus­to­dio ha­bían hui­do por un sen­de­ro que cos­tea­ba el río que los lle­va­ría jus­to al cen­tro del pue­blo de Amuk.
Es­te sen­de­ro es­ta­ba a unos trein­ta me­tros de al­tu­ra, so­bre las már­ge­nes del río, que en ese sec­tor era muy cau­da­lo­so por la gran pen­dien­te y por las enor­mes ro­cas que ador­na­ban su cau­ce.
Los fu­gi­ti­vos ha­brían co­rri­do por más de una ho­ra, pe­ro los quil­cos ya le es­ta­ban dan­do al­can­ce. En ese mo­men­to el cus­to­dio lo to­ma del bra­zo a Cal­kén y lo em­pu­ja con­tra la pa­red de la mon­ta­ña. Lo cu­bre con su cuer­po y se co­lo­ca en po­si­ción de­fen­si­va. Los quil­cos se de­tie­nen a unos po­cos me­tros de ellos emi­tien­do el ho­rren­do so­ni­do, des­pués de ca­llar se le aba­lan­zan. El cus­to­dio se in­ter­po­ne en­tre el ata­que de los quil­cos y Cal­kén. És­te, ate­rro­ri­za­do, ob­ser­va có­mo des­tro­zan a su lu­gar­te­nien­te sin que pu­die­ra ha­ber da­do tan só­lo un gol­pe. En ese mo­men­to de con­fu­sión y fre­ne­sí ase­si­no de los quil­cos, Cal­kén no du­da y sal­ta ha­cia el río. Ya en el ai­re no­ta que al­go lo de­tie­ne y sien­te en la es­pal­da un do­lor te­rri­ble, co­mo si lo es­tu­vie­ran des­ga­rran­do en vi­da. Gi­ra la ca­be­za y ob­ser­va que un quil­co le ha­bía cla­va­do sus ga­rras en la es­pal­da y lo su­je­ta­ba con ellas. En ese mo­men­to, y con un mo­vi­mien­to de­ses­pe­ra­do, Cal­kén le da un gol­pe con su da­ga, cor­tán­do­le el bra­zo. El quil­co lo suel­ta y és­te cae ha­cia las os­cu­ras aguas del to­rren­to­so río.
La caída fue lar­ga y pa­re­cía in­ter­mi­na­ble. El gol­pe con­tra la su­per­fi­cie del río lo aton­ta y su cuer­po gra­ve­men­te he­ri­do se su­mer­ge, de­sa­pa­re­cien­do to­tal­men­te.
Los quil­cos en la ori­lla del acan­ti­la­do só­lo emi­tían le­ves so­ni­dos mien­tras mi­ra­ban ha­cia las pro­fun­di­da­des del río. Cuan­do por de­trás de ellos se es­cu­cha un fuer­te chi­lli­do muy agu­do que los ha­ce ca­llar y vol­ver rá­pi­da­men­te al lu­gar de don­de vi­nie­ron.
El ama­ne­cer se dis­po­nía a des­ple­gar to­da su be­lle­za so­bre el vas­to te­rri­to­rio de Amuk. És­te y sus her­ma­nos se pre­pa­ra­ban pa­ra ir de pes­ca, co­mo lo ha­cían to­das las ma­ña­nas.
Al lle­gar al lu­gar pre­fe­ri­do, Ko­kesh­ke, que se dis­po­nía a re­co­ger sus re­des, ob­ser­va en la ori­lla un cuer­po vi­si­ble­men­te he­ri­do y ba­ña­do en san­gre que se acer­ca y des­cu­bre que es Cal­kén, que con un su­su­rro le pre­gun­ta por Amuk. Ko­kesh­ke se po­ne de pie y de un gri­to lla­ma a su her­ma­no. És­te se acer­ca y con asom­bro ve a Cal­kén gra­ve­men­te he­ri­do. Amuk se arro­di­lla a su la­do y Cal­kén, ca­si sin voz, le cuen­ta lo su­ce­di­do. Le pi­de dis­cul­pas y le ha­ce ju­rar que tra­ta­rá de sal­var a la ma­yor can­ti­dad de per­so­nas po­si­bles y en es­pe­cial a su hi­ja Ma­ya, ya que Elem se dis­pon­drá a sa­cri­fi­car­la, lue­go de des­truir to­da al­dea y pue­blo en las Tie­rras del Sur. Amuk, to­mán­do­lo por la nu­ca, lo in­cor­po­ra le­ve­men­te al tiem­po que le ju­ra que tra­ta­rá de sal­var la ma­yor can­ti­dad de gen­te po­si­ble. En ese mo­men­to, Cal­kén lo in­te­rrum­pe di­cién­do­le que de­be es­tar pre­pa­ra­do por­que es­to es el co­mien­zo de una te­rri­ble e ine­vi­ta­ble gue­rra. Des­pués, se re­tuer­ce del do­lor y que­da con la mi­ra­da fi­ja y sin el bri­llo de la vi­da. Amuk se po­ne de pie y di­ce a sus her­ma­nos:
—Sien­to de­cir­les que lo que me es­pe­ra­ba des­pués de aque­lla no­che, ya ha da­do co­mien­zo.
Shía lo mi­ra a su her­ma­no ma­yor y le di­ce:
—Pre­fie­ro mo­rir en ba­ta­lla que ser una co­bar­de que ne­ce­si­ta de un sa­cri­fi­cio hu­ma­no pa­ra pre­ser­var la paz.
Amuk la mi­ra con res­pe­to, y en ese mo­men­to le or­de­na a ella y Ko­kesh­ke que va­yan de in­me­dia­to en ayu­da del pue­blo de Cal­kén, que se­gu­ra­men­te es­ta­rá aje­no a to­do lo su­ce­di­do. Él y Maíp vol­ve­rán al pue­blo a pre­pa­rar a sus gue­rre­ros pa­ra la ba­ta­lla.
Sin dis­cu­sión al­gu­na, Shía y su her­ma­no vuel­ven a sus cho­zas y to­man va­rias bol­sas de pun­tas de fle­chas y sin per­der tiem­po par­ten ha­cia el te­rri­to­rio de Cal­kén.
Mien­tras Amuk or­de­na a las mu­je­res, ni­ños y an­cia­nos, a re­ple­gar­se ha­cia las cue­vas que se en­con­tra­ban en el Va­lle de la Lu­na, tam­bién les or­de­na que una vez allí de­be­rán for­jar la ma­yor can­ti­dad de ar­mas que pue­dan y en el tiem­po más rápi­do po­si­ble. Mien­tras, Maíp se­lec­cio­na a los hom­bres más ap­tos pa­ra la ba­ta­lla, pa­ra que en­gro­sen las fi­las de su ya te­mi­ble ejér­ci­to.
Al es­cu­char es­to, Chi­nak de­ja a su hi­jo al cui­da­do de una ami­ga y sa­le rápi­da­men­te de su cho­za. Lle­ga adon­de es­ta­ba su ma­ri­do y le di­ce:
—Creo que es­te pro­ble­ma de­man­da­rá mu­chos hom­bres pa­ra so­lu­cio­nar­lo. Y con tu per­mi­so te pi­do que me de­jes ir a lo de Thok, pa­ra pe­dir­le que nos ayu­de con sus ejér­ci­tos.
Amuk se sen­tía or­gu­llo­so de su fa­mi­lia, en­ton­ces sin du­dar le res­pon­de que sí. Que va­ya y le pi­da ayu­da a su pa­dre.
En ese mo­men­to, Ko­kesh­ke y Shía en­tran al te­rri­to­rio de Cal­kén y son tes­ti­gos de la de­so­la­ción que es­ta­ban lle­van­do a ca­bo las hor­das de quil­cos. El ca­mi­no to­ma­do por los quil­cos era fá­cil de des­cu­brir, ya que tras los pa­sos de es­tos en­gen­dros, só­lo que­da­ba des­truc­ción y muer­te. La de­vas­ta­ción que es­tos ejér­ci­tos pro­pi­na­ban no ha­cía dis­tin­ción de ra­zas, ya que hom­bres y ani­ma­les eran ase­si­na­dos por igual. La ve­ge­ta­ción, que has­ta ayer era de un co­lor ver­de ja­de, hoy era un pá­ra­mo re­se­co y ama­ri­llen­to. Mi­ran­do el sue­lo, sólo se po­día ver gran­des can­ti­da­des de hue­llas de quil­cos, to­das ellas ali­nea­das ha­cia el cen­tro del pue­blo de Cal­kén.
Al ver es­te pai­sa­je ate­rra­dor, Ko­kesh­ke di­ce a su her­ma­na que co­no­ce un ata­jo, y lue­go de co­men­tár­se­lo, am­bos ace­le­ran el pa­so. El ca­mi­no ele­gi­do por los her­ma­nos era más ele­va­do que el res­to de los de­más. Gra­cias a ello pue­den ob­ser­var la mag­ni­tud del con­flic­to que se ha­bía de­sa­ta­do. Re­cién allí to­man con­cien­cia del pro­ble­ma que te­nían que so­lu­cio­nar, ya que nun­ca ha­bían vis­to tan­ta can­ti­dad de quil­cos co­mo en ese mo­men­to. Shía, con su ha­bi­tual iro­nía, le di­ce:
—Bue­no, her­ma­ni­to, una mi­tad es pa­ra mí y la otra te la de­jo a vos.
Ko­kesh­ke la mi­ra de reo­jo y es­bo­za una le­ve son­ri­sa, to­da una car­ca­ja­da pa­ra su frío ca­rác­ter. El ca­mi­no que los con­du­cía ha­cia el pue­blo de Cal­kén se in­ter­na­ba en un pe­que­ño bos­que. Una vez den­tro, ace­le­ran el pa­so y lue­go de una me­dia ho­ra sa­len de allí y se en­cuen­tran an­te las puer­tas del pue­blo. La vi­da de sus ha­bi­tan­tes era de ab­so­lu­ta nor­ma­li­dad, to­tal­men­te aje­nos al pro­ble­ma que se acer­ca­ba. Al lle­gar al cen­tro, la gen­te del lu­gar los mi­ra­ba sin en­ten­der el mo­ti­vo de su pri­sa. En­ton­ces Ko­kesh­ke pi­de ha­blar con la per­so­na a car­go del pue­blo. De la cho­za cen­tral apa­re­ce un hom­bre­ci­to que, con ai­re al­ta­ne­ro, les di­ce con voz chi­llo­na e in­qui­si­do­ra:
—Soy Smo­ki y es­toy a car­go. ¿Qué ha­cen aquí?, ¿con qué au­to­ri­za­ción osan in­te­rrum­pir la paz del pue­blo?, ¿dón­de es­ta Cal­kén?
A to­das es­tas pre­gun­tas, Ko­kesh­ke las con­tes­ta con su ha­bi­tual frial­dad:
—Sal­ván­do­te la vi­da. ¡Qué te im­por­ta! Es­tá muer­to.
He­la­do y per­ple­jo por las res­pues­tas de Ko­kesh­ke, Smo­ki no su­po qué de­cir y un frío le co­rrió por la es­pal­da. Ya que sa­bía, por co­no­cer­lo, que el enor­me gue­rre­ro no era de an­dar con ro­deos in­ne­ce­sa­rios.
Shía, con una son­ri­sa cóm­pli­ce, al es­cu­char la for­ma de res­pon­der de su her­ma­no, le pre­gun­ta:
—¿Dón­de es­ta Ma­ya?
Smo­ki, to­da­vía per­ple­jo por lo su­ce­di­do, le­van­ta la ma­no de­re­cha y se­ña­la la cho­za prin­ci­pal. Sin du­dar un ins­tan­te, Shía en­tra en ella y a los po­cos mi­nu­tos sa­le de la cho­za con Ma­ya to­ma­da de un bra­zo. Ma­ya era una jo­ven­ci­ta de unos die­ci­nue­ve años, su piel mo­re­na y su cor­te de ros­tro, ha­cía que tu­vie­ra las ca­rac­te­rís­ti­cas fí­si­cas ha­bi­tua­les de la gen­te de esas tie­rras. Se la veía to­tal­men­te asus­ta­da y ner­vio­sa, ya que Shía le ha­bía con­ta­do lo su­ce­di­do has­ta ese mo­men­to. Mien­tras, Ko­kesh­ke le ha­bía or­de­na­do a Smo­ki que reu­nie­ra al pue­blo.
Una vez reu­ni­dos, los her­ma­nos cuen­tan lo que es­ta­ba ocu­rrien­do: la gen­te del lu­gar qui­so en­trar en pá­ni­co, pe­ro Shía los tran­qui­li­zo di­cien­do que pa­ra eso ellos ha­bían ve­ni­do. Lue­go de unos mi­nu­tos de de­li­be­ra­ción, Ko­kesh­ke le or­de­na a su her­ma­na que to­me a to­das las mu­je­res y ni­ños y jun­to con un gru­po de sol­da­dos par­ta con ur­gen­cia ha­cia las cue­vas del Va­lle de la Lu­na.
Mien­tras Shía par­tía ha­cia su des­ti­no, su her­ma­no, con el grue­so de los sol­da­dos de Cal­kén y un gru­po de hom­bres, con las con­di­cio­nes fí­si­cas pa­ra la pe­lea, en­sa­yan una suer­te de ma­nio­bras pa­ra per­mi­tir que su pue­blo ten­ga el tiem­po ne­ce­sa­rio pa­ra huir.
En el pre­ci­so mo­men­to que Shía y su gen­te par­ten, su her­ma­no em­pie­za a or­ga­ni­zar las de­fen­sas en con­jun­to con los ge­ne­ra­les del ejér­ci­to de Cal­kén. To­ma las bol­sas de pun­tas de fle­cha y les or­de­na que las cam­bien por és­tas a to­das sus fle­chas. Sin per­der tiem­po se abo­can a es­te tra­ba­jo, y una vez ter­mi­na­do el tra­ba­jo de cam­biar las fle­chas, por las traí­das del va­lle de la lu­na, Ko­kesh­ke, por me­dio de sus ge­ne­ra­les, los ubi­ca en las po­si­cio­nes prees­ta­ble­ci­das pa­ra es­pe­rar la lle­ga­da del ejér­ci­to ene­mi­go. La es­pe­ra no fue lar­ga, pe­ro les pa­re­ció una eter­ni­dad. Por el sen­de­ro oes­te, ya se es­cu­cha­ban las hor­das de quil­cos. És­tos, al sa­lir del sen­de­ro, no se die­ron cuen­ta o nun­ca se ima­gi­na­ron que los es­ta­rían es­pe­ran­do. Una vez que el ejér­ci­to de quil­cos es­tu­vo al des­cu­bier­to, Ko­kesh­ke no du­da y or­de­na de in­me­dia­to el ata­que. En se­gun­dos, una an­da­na­da de fle­chas sur­ca el cie­lo e im­pac­ta con­tra el ejér­ci­to y una gran can­ti­dad de quil­cos cae ful­mi­na­da.
El pilche que es­ta­ba de­trás de la pri­me­ra lí­nea de su ejér­ci­to se sor­pren­dió, y sin per­der tiem­po or­de­nó el con­tra­ta­que. La fu­ria de los quil­cos no se hi­zo es­pe­rar, és­tos con una ve­lo­ci­dad anor­mal se aba­lan­za­ron con­tra el pue­blo, pe­ro una se­gun­da an­da­na­da de fle­chas hi­zo es­tra­gos nue­va­men­te en sus fi­las. La ma­rea de quil­cos era de­ma­sia­do gran­de, en com­pa­ra­ción con la can­ti­dad de sol­da­dos que te­nía Ko­kesh­ke. Por ese mo­ti­vo, los quil­cos se­guían arre­me­tien­do.
Gra­cias a las fuer­zas que el gran gue­rre­ro del sur les da­ba a sus hom­bres, se man­tu­vo la dis­tan­cia has­ta que la úl­ti­ma an­da­na­da de fle­chas sur­có el cie­lo. En­ton­ces, sin du­dar, Ko­kesh­ke or­de­na la in­me­dia­ta re­ti­ra­da de su ejér­ci­to. Las hor­das de quil­cos los si­guen a to­da ve­lo­ci­dad, y en­se­gui­da les dan al­can­ce. Ko­kesh­ke, sin­tién­do­se pre­sa de una ca­ce­ría hu­ma­na, or­de­na un con­tra­ta­que de­ses­pe­ra­do y así es co­mo co­mien­za una ba­ta­lla de­si­gual. Los sol­da­dos de Ko­kesh­ke lu­cha­ban con va­lor, pe­ro eran ne­ta­men­te su­pe­ra­dos por el ene­mi­go. Ko­kesh­ke, sin pen­sar, lu­cha­ba de igual a igual con los quil­cos. Sus sol­da­dos, al ver­lo, no po­dían creer la fuer­za y la fu­ria que po­nía en ca­da gol­pe. Eso só­lo les da­ba un to­que de va­lor a sus di­ri­gi­dos que tra­ta­ban de imi­tar­lo. El gran gue­rre­ro del sur en ese mo­men­to es ata­ca­do por un quil­co, des­de atrás y dan­do un gi­ro de tres­cien­tos se­sen­ta gra­dos, le cla­va su da­ga en el cue­llo, hi­rién­do­lo mor­tal­men­te. De pron­to, y por de­trás del quil­co muer­to, apa­re­ce la enor­me fi­gu­ra del pil­che. Ko­kesh­ke en ese mo­men­to no tu­vo reac­ción, ya que la ve­lo­ci­dad del pil­che fue su­pe­rior. És­te só­lo ati­na a es­qui­var el pri­mer gol­pe. Pe­ro cuan­do el pil­che es­ta­ba por ases­tar­le el se­gun­do, por de­trás de Ko­kesh­ke apa­re­ció, co­mo un re­lám­pa­go, Shía, que con su da­ga des­vía el gol­pe. Al ver es­to, el pil­che por unos se­gun­dos que­da per­ple­jo, tiem­po que es apro­ve­cha­do por Shía, que se po­ne a la par de su her­ma­no. En ese ins­tan­te, és­te le pre­gun­ta:
—¿Qué es­tás ha­cien­do acá?
—Sal­ván­do­te el pe­lle­jo, her­ma­ni­to —con­tes­ta Shía, mi­rán­do­lo de reo­jo.
En ese mo­men­to el pil­che ata­ca a los her­ma­nos y és­tos se fun­den en un bru­tal com­ba­te.
El pil­che se sen­tía ava­sa­lla­do por el ata­que de los her­ma­nos, pe­ro igual­men­te su ins­tin­to le de­cía que de­bía se­guir pe­lean­do. De pron­to, y por so­bre una pe­que­ña lo­ma en las afue­ras del pue­blo, una nu­be de fle­chas os­cu­re­ce el cie­lo y caen so­bre los quil­cos, ma­tan­do a cien­tos de ellos. Al ver es­to, el pil­che de­tie­ne su ata­que por un se­gun­do y con asom­bro ob­ser­va que el ata­que ve­nía de par­te de un gran ejér­ci­to co­man­da­do por Amuk y Thok. Sin du­dar más rea­nu­da su pe­lea con los her­ma­nos. Es­ta dis­trac­ción es apro­ve­cha­da por Ko­kesh­ke, que ha­ce un súbi­to mo­vi­mien­to ha­cia la de­re­cha, mien­tras que su her­ma­na con un mo­vi­mien­to dig­no de un fe­li­no, sal­ta so­bre el pil­che y le cla­va la da­ga en el cos­ta­do de­re­cho de su cue­llo, al tiem­po que Ko­kesh­ke, in­cli­nán­do­se ha­cia aba­jo, le en­sar­ta su da­ga en la axi­la iz­quier­da. En ese mo­men­to, el pil­che emi­te un so­ni­do sor­do y en­vuel­to en san­gre cae muer­to al pi­so. Al ver a su ge­ne­ral muer­to se crea un am­bien­te de con­fu­sión en los quil­cos, que hu­yen del com­ba­te emi­tien­do sus ho­rren­dos chi­lli­dos.
La ma­tan­za fue tre­men­da, de los sol­da­dos que co­man­da­ba Ko­kesh­ke só­lo que­da­ban unos po­cos cien­tos. Al en­con­trar­se los her­ma­nos, Amuk los sa­lu­da y les di­ce:
—Es­to es sólo el co­mien­zo, ha­brá que or­ga­ni­zar­se por­que se­gu­ro que nos es­pe­ra un ata­que más gran­de y fu­rio­so.
La cal­ma era apa­ren­te. Los hom­bres jun­ta­ban los cuer­pos mu­ti­la­dos mien­tras que los ge­ne­ra­les de los ejér­ci­tos, jun­to con Amuk y sue­gro, se dis­po­nían a te­ner una reu­nión.
La ho­gue­ra era el cen­tro de la reu­nión. De un la­do es­ta­ban los her­ma­nos Ko­kesh­ke, Shía y Maíp. Al fren­te de és­tos, Amuk y a su la­do, Thok, con su lu­gar­te­nien­te y hom­bre de ma­yor con­fian­za, Só­reck.
El chis­po­rro­tear de la le­ña con­tras­ta­ba con la os­cu­ra no­che que los cu­bría.
En esa reu­nión se dis­cu­tía cuál se­rían los pa­sos a se­guir y có­mo se­ría la for­ma más con­ve­nien­te de sa­lir de se­me­jan­te pro­ble­ma, ya que no sólo se es­ta­ba po­nien­do en jue­go la vi­da de es­tos va­le­ro­sos pue­blos, si­no que, se­gu­ra­men­te, el con­flic­to se ex­pan­di­ría más allá de las fron­te­ras de las Tie­rras del Sur.
Por eso, lo pri­me­ro que ex­pre­só Amuk fue la ne­ce­si­dad de de­te­ner es­te con­flic­to lo an­tes po­si­ble.
En­ton­ces Thok le di­ce:
—¿Tú crees que nues­tros ejér­ci­tos es­tán ca­pa­ci­ta­dos pa­ra eso?
—No lo sé —con­tes­ta Amuk—. So­lo sé que de­be­mos de­te­ner a Elem y sus hor­das, por­que si­no es­to se­rá co­mo una en­fer­me­dad que sé ira ex­ten­dien­do y no ten­drá cu­ra.
Ko­kesh­ke pi­de la pa­la­bra, to­do el mun­do ha­ce si­len­cio, ya que él y Shía fue­ron los pri­me­ros hu­ma­nos que de­mos­tra­ron que los pil­ches no son in­des­truc­ti­bles co­mo se su­po­nía. En­ton­ces és­te di­ce:
—Yo creo que de­be­mos re­fu­giar­nos en las cue­vas del Va­lle de la Lu­na, ahí ten­dre­mos el su­fi­cien­te su­mi­nis­tro de ar­mas y po­dre­mos de­fen­der­nos me­jor de un ata­que fron­tal.
Maíp in­te­rrum­pe a su her­ma­no di­cien­do que él ya ha­bía de­ja­do pre­ci­sas ór­de­nes a su gen­te.
El Va­lle de la Lu­na es­ta­ba com­pues­to por un gru­po de pe­que­ños ce­rros que for­ma­ban un cír­cu­lo ca­si per­fec­to. Den­tro de es­te cír­cu­lo mon­ta­ño­so se ha­lla­ba el Va­lle de la Lu­na. Es­ta­ba ubi­ca­do en el ex­tre­mo sur del te­rri­to­rio de Amuk. Su úni­ca en­tra­da es­ta­ba for­ma­da por las la­de­ras de dos de sus ce­rros. Es­te pa­sa­je era de­ma­sia­do es­tre­cho pa­ra que pu­die­ra in­gre­sar un ejér­ci­to de gran­des mag­ni­tu­des. Por ese mo­ti­vo, el va­lle te­nía un va­lor es­tra­té­gi­co, ya que se po­dría de­fen­der con po­ca can­ti­dad de sol­da­dos. Den­tro, se en­con­tra­ban di­se­mi­na­dos por la lla­nu­ra, los res­tos de una gi­gan­tes­ca ro­ca que ha­cía mi­le­nios ha­bía caí­do del cie­lo. Por es­te mo­ti­vo los lu­ga­re­ños lo lla­ma­ban el Va­lle de la Lu­na, ya que se creía que era un pe­da­zo de lu­na que ha­bía caí­do en ese lu­gar. Den­tro de la lla­nu­ra del va­lle se en­con­tra­ban es­par­ci­dos los res­tos de esa pie­dra, su co­lor ro­ji­zo le da­ba al lu­gar un ha­lo de mis­te­rio, es­te ra­ro me­tal era uti­li­za­do por la gen­te de Amuk pa­ra cons­truir ele­men­tos de ca­za, pes­ca y to­do ti­po de ar­mas, ya que a és­tas les da­ba un po­der es­pe­cial, con ellas se po­día de­rro­tar tan­to a quil­cos co­mo a pil­ches muy fácil­men­te. Por és­te y otros mo­ti­vos el va­lle siem­pre fue muy co­di­cia­do por Cal­kén y por otro ca­ci­que de po­ca mon­ta lla­ma­do Kash­ka.
En el lu­gar opues­to al pa­sa­je de en­tra­da al va­lle se en­con­tra­ban las cue­vas y sus fa­mo­sos la­be­rin­tos. Es­tas cue­vas eran usa­das por el pue­blo de Amuk co­mo re­fu­gio al­ter­na­ti­vo pa­ra so­por­tar cual­quier ti­po de ata­que o ase­dio ex­ter­no. Den­tro de ellas ha­bía unas re­des de pa­sa­jes que for­ma­ban un enor­me e in­trin­ca­do la­be­rin­to, só­lo el ca­ci­que de es­tas tie­rras sa­bía cuál era la sa­li­da del mis­mo.
Amuk, al es­cu­char la de­ci­sión que ha­bía to­ma­do su her­ma­no Maíp, agre­ga que el va­lle se­ría un lu­gar es­pe­cial, pe­ro pe­li­gro­so, pa­ra una em­bos­ca­da. Ko­kesh­ke di­ce:
—Ha­brá que po­ner sec­to­res de de­fen­sa por so­bre la en­tra­da y al fren­te. Shía los in­te­rrum­pe di­cien­do:
—Us­te­des es­tán pla­nean­do to­do con cui­da­do, pe­ro me pa­re­ce que es muy arries­ga­do lle­var el com­ba­te tan cer­ca de nues­tra gen­te. Yo creo que de­be­ría­mos lle­var la lu­cha lo más le­jos po­si­ble de los nues­tros.
—Tie­nes ra­zón —con­tes­ta Amuk— pe­ro yo creo que en el va­lle se po­drá te­ner una opor­tu­ni­dad de ga­nar. Yo sé que el ries­go es gran­de, ¿pe­ro qué ven­ta­ja ten­dría­mos si per­de­mos es­ta gue­rra? Ya que to­dos sa­be­mos lo que su­ce­de­rá a par­tir de hoy. Creo que des­de hoy en ade­lan­te se mar­ca­rá la di­fe­ren­cia en­tre la paz, que no­so­tros que­re­mos, y la os­cu­ri­dad y el te­rror que Elem pre­ten­de sem­brar en el mun­do.
Thok es­cu­cha­ba el diá­lo­go sin pro­nun­ciar pa­la­bra al­gu­na, sólo es­ta­ba aten­to, in­ter­pre­tan­do las in­quie­tu­des y opi­nio­nes de sus va­lien­tes ca­ma­ra­das. Pe­ro des­pués de un ra­to, cuan­do to­dos ha­bían ter­mi­na­do con sus opi­nio­nes, to­mó la pa­la­bra y les di­jo:
—To­dos sa­be­mos có­mo ma­tar a un quil­co o a un pil­che. Pe­ro se ol­vi­dan de lo más te­rri­ble, se ol­vi­dan de Elem y su hi­jo Mis­tra.
Los her­ma­nos ha­cen un si­len­cio pro­fun­do, ya que no sa­bían qué de­cir al res­pec­to. En­ton­ces Thok con voz fir­me les pre­gun­ta:
¿Có­mo ma­tar lo que no mue­re? ¿Cómo co­no­cer lo que no se co­no­ce?
Shía en­ton­ces le pre­gun­ta:
—¿Qué ha­ce­mos al res­pec­to?
En­ton­ces Thok, con su voz apa­ci­ble pe­ro rígi­da, le con­tes­ta y ex­pli­ca que en el te­rri­to­rio del sur, que era go­ber­na­do por Kash­ka, exis­tía un bos­que lla­ma­do Wo­kul, el más an­ti­guo de to­das las Tie­rras del Sur, ubi­ca­do al su­does­te del te­rri­to­rio de Kash­ka. En es­te an­ti­guo y mis­te­rio­so bos­que, que los lu­ga­re­ños con­si­de­ra­ban ta­bú, vi­ve un ser que to­do lo sa­be y to­do lo pue­de, y que se­gu­ro po­drá dar­nos una res­pues­ta a es­tos in­te­rro­gan­tes.
—¿Cómo lle­ga­ría­mos al bos­que? —pre­gun­ta Maíp con su ha­bi­tual ím­pe­tu. Thok le res­pon­de:
—To­man­do el ca­mi­no que los lle­va ha­cia el río que di­vi­de sus fron­te­ras, lue­go cru­zar­lo y to­mar ha­cia el sur por el sen­de­ro que cos­tea la gran cor­di­lle­ra.
Co­no­cien­do las am­bi­cio­nes des­me­di­das de Kash­ka, Amuk co­men­ta:
—Creo que Kash­ka ya se de­be de ha­ber en­te­ra­do de lo su­ce­di­do y se­gu­ro que que­rrá sa­car sus rédi­tos per­so­na­les.
—Se­gu­ro que se­rá así —co­men­ta Thok—. Pe­ro us­te­des no ten­drán con­tac­to al­gu­no con él o su gen­te, ya que el ca­mi­no que les di­go los lle­va­rá de­re­cho ha­cia el bos­que Wo­kul, y sa­bien­do de la su­pers­ti­ción de su pue­blo ha­cia ese bos­que, es­toy se­gu­ro que na­die se acer­ca­rá. Sólo en el ca­so ex­tre­mo de que lo ne­ce­si­ten im­pe­rio­sa­men­te de­be­rán acer­car­se al pue­blo.
To­tal­men­te im­pa­cien­te, Maíp les di­ce:
—Bas­ta de char­la y só­lo dí­gan­me cuán­do par­ti­re­mos.
Thok lo mi­ra con mi­ra­da pa­ter­nal y le di­ce:
—Ten pa­cien­cia, to­dos sa­be­mos de tu an­sie­dad por las ba­ta­llas. Pe­ro an­tes de­ben sa­ber que el ca­mi­no que les ex­pli­qué los lle­va por los lími­tes del rei­no de Mis­tra. Por esos pa­ra­jes de­be­rán ir con mu­cha cau­te­la, ya que Mis­tra, co­mo a Elem, no lo co­no­ce­mos fí­si­ca­men­te. Lo úni­co que sa­be­mos es que Mis­tra cuen­ta con mu­chas ar­ti­ma­ñas pa­ra lo­grar lo que de­sea. Una vez lle­ga­do al bos­que, se da­rán cuen­ta de que han lle­ga­do por­que sus ár­bo­les son los más al­tos y fron­do­sos de to­do el te­rri­to­rio, ya que, se­gún se di­ce, es­te bos­que fue lo pri­me­ro en ser crea­do so­bre la tie­rra. Una vez den­tro de él de­be­rán en­con­trar en el cen­tro al gran om­bú, que tie­ne la par­ti­cu­la­ri­dad de ser el pri­mer ár­bol que tu­vo. En su enor­me tron­co se ha­lla la gua­ri­da del Ga­ri­vao, amo y se­ñor de Wo­kul. Tam­bién se lo co­no­ce por te­ner la ha­bi­li­dad de co­mu­ni­car­se con los ani­ma­les. La le­yen­da cuen­ta que el Ga­ri­vao es el úni­co ser en es­te mu­do ca­paz de de­rro­tar tan­to a Elem co­mo a Mis­tra. Pe­ro es­te ser er­mi­ta­ño tie­ne muy mal hu­mor y se co­men­ta que no an­da so­lo, ya que cuen­ta con un guar­dián que lo pro­te­ge y lo acom­pa­ña. Su mal ca­rác­ter lo hi­zo re­cluir­se en Wo­kul, pe­ro creo que en es­te mo­men­to lo po­dre­mos te­ner co­mo alia­do, ya que él odia a to­do lo que ten­ga que ver con Elem, pues por su cul­pa ca­yó en des­gra­cia.
Shía en­ton­ces in­te­rrum­pe el re­la­to de Thok y le pre­gun­ta:
—¿Có­mo lo re­co­no­ce­re­mos?
—Una vez den­tro del bos­que se da­rán cuen­ta —res­pon­de Thok.
Des­pués de ha­ber es­cu­cha­do con aten­ción los co­men­ta­rios de Thok, Amuk les or­de­na a sus her­ma­nos que alis­ten a un gru­po de los me­jo­res gue­rre­ros y par­tan de in­me­dia­to en bús­que­da del Ga­ri­vao.
El pa­dre de Chi­nak, an­tes que sal­gan de la cho­za, les ofre­ce a vein­te de sus me­jo­res gue­rre­ros; es­tos sol­da­dos eran de su guar­dia per­so­nal, por con­si­guien­te eran los me­jo­res pre­pa­ra­dos pa­ra el com­ba­te. Amuk los acep­ta, dán­do­le las gra­cias y lue­go le di­ce a su her­ma­no Ko­kesh­ke que él se­rá el líder del co­man­do.
Una vez pre­pa­ra­dos, Ko­kesh­ke y sus her­ma­nos, jun­to con los vein­te sol­da­dos de Thok, par­ten en bús­que­da del Ga­ri­vao. Mien­tras, Amuk y su sue­gro par­ten ha­cia el Va­lle de la Lu­na, con sus ejér­ci­tos y el re­ma­nen­te que ha­bía que­da­do del ejér­ci­to de Cal­kén. Una vez allí, se abo­ca­rán a pre­pa­rar las de­fen­sas.
Esa no­che fue muy tran­qui­la con res­pec­to a las an­te­rio­res, los sol­da­dos pu­die­ron des­can­sar bien.
El ama­ne­cer los en­vol­vió con su bru­ma ma­tu­ti­na, el pai­sa­je era her­mo­so, los pá­ja­ros en­to­na­ban sus cán­ti­cos ma­ti­na­les. En ese mo­men­to los dos gru­pos de hom­bres se se­pa­ran y ca­da uno to­ma por el rum­bo ya es­ta­ble­ci­do. El gru­po de Ko­kesh­ke to­ma a pa­so ve­loz el sen­de­ro que los guia­rá ha­cia el bos­que de Wo­kul. El tro­te im­pues­to por Ko­kesh­ke era rápi­do pe­ro si­len­cio­so, de­be­rían lle­gar lo más rá­pi­do y fur­ti­vo po­si­ble al bos­que que ser­vía de mo­ra­da pa­ra el Ga­ri­vao.
Mien­tras, Amuk y Thok par­ten ha­cia el Va­lle de la Lu­na, don­de los es­pe­ra­ba Chi­nak que ha­bía que­da­do al man­do del gru­po de hom­bres y mu­je­res que de­no­da­da­men­te tra­ba­ja­ban, for­jan­do las ar­mas pa­ra la gran ba­ta­lla que se ave­ci­na­ba. En ese mo­men­to, des­de los con­fi­nes del rei­no de Elem, su gran ejér­ci­to se pre­pa­ra­ba pa­ra ir a la gue­rra.
Es­te gran ejér­ci­to es­ta­ba com­pues­to por mi­les de quil­cos y de­ce­nas de pil­ches, que los co­man­da­ban.
Una vez lle­ga­do al va­lle, Amuk no­ta con in­tri­ga que su sue­gro ha­bía es­ta­do muy ca­lla­do du­ran­te to­do el via­je. En­ton­ces le pre­gun­ta:
—¿Qué te su­ce­de?
Thok, sin res­pon­der a la pre­gun­ta, se acer­ca a su hi­ja Chi­nak y le da un fuer­te abra­zo, y con lá­gri­mas en los ojos le pi­de mil dis­cul­pas, di­cién­do­le que si él hu­bie­ra si­do más va­lien­te con­tra el po­der que ejer­cía Cal­kén y hu­bie­ra de­fen­di­do la pos­tu­ra de Amuk en el gran con­ce­jo, to­do es­to no ha­bría su­ce­di­do.
Chi­nak le aca­ri­cia la nu­ca, le da un tier­no be­so en la fren­te y acep­ta las dis­cul­pas, di­cien­do:
—Yo creo que es­to ya es­ta­ba es­cri­to, por al­go el des­ti­no qui­so que así fue­ra.
En to­do ese día se dis­pu­sie­ron las me­di­das de se­gu­ri­dad po­si­bles pa­ra de­fen­der­se del ata­que. Al caer la no­che se co­lo­can es­tra­té­gi­ca­men­te los sol­da­dos pa­ra mon­tar guar­dia. El res­to de la gen­te tra­ta de dor­mir, ya que esa po­dría ser la úl­ti­ma no­che con vi­da.
Mien­tras tan­to Ko­kesh­ke y sus sol­da­dos ya ha­bían cru­za­do el río y se di­ri­gían por el sen­de­ro que los lle­va­ría ha­cia el bos­que de Wo­kul. Lue­go de unos ki­ló­me­tros, Ko­kesh­ke or­de­na un al­to y les di­ce:
—To­ma­re­mos un des­can­so de un par de ho­ras.
Shía, sen­ta­da so­bre una pie­dra que es­ta­ba a la ori­lla de un fron­do­so ár­bol, ob­ser­va con ad­mi­ra­ción a los sol­da­dos que los acom­pa­ña­ban. Es­tos hom­bres de ros­tros adus­tos pa­re­cían no ha­ber sen­ti­do el ri­gor del via­je. En ese mo­men­to, su her­ma­no se le acer­ca y és­ta le co­men­ta:
—Creo que Thok ha ele­gi­do bien a nues­tros sol­da­dos.
—Así es —res­pon­de Ko­kesh­ke— son hom­bres va­lien­tes y de­ci­di­dos —. Di­cho es­to, y sin más char­la, da la or­den de con­ti­nuar la mar­cha.
In­gre­san­do en el te­rri­to­rio de Kash­ka, es­cu­chan con re­ce­lo un so­ni­do ya ha­bi­tual pa­ra sus oí­dos. Eran los so­ni­dos que emi­tían los quil­cos. A cau­sa de és­tos los her­ma­nos y sus sol­da­dos agu­di­zan al máxi­mo los sen­ti­dos. De pron­to no­tan que es­tos so­ni­dos iban en au­men­to. En­ton­ces Ko­kesh­ke, sin du­dar un ins­tan­te, or­de­na a sus sol­da­dos que se es­con­dan, y co­mo mi­me­ti­za­dos por la os­cu­ri­dad del pai­sa­je, él y sus gue­rre­ros se es­ca­bu­llen en­tre los ár­bo­les y ro­cas del lu­gar.
El si­len­cio se po­día cor­tar con una na­va­ja, los ani­ma­les pa­re­cían ha­ber­se ido a ot­ro la­do, ya que en ese mo­men­to el con­cier­to del bos­que ha­bía que­da­do en to­tal si­len­cio. De pron­to, el se­pul­cral si­len­cio y la os­cu­ri­dad de la no­che fue ro­ta por un gru­po de quil­cos que per­se­guían sin pie­dad a un re­du­ci­do gru­po de hom­bres. En ese gru­po iba a la ca­be­za Kash­ka, que co­rría de­ses­pe­ra­da­men­te por sal­var su vi­da. El es­pec­tácu­lo era dan­tes­co, ya que ca­da sol­da­do que se re­za­ga­ba o tro­pe­za­ba los quil­cos no du­da­ban en des­tro­zar­lo.
En el mo­men­to en que Kash­ka iba a ser ata­ca­do, Ko­kesh­ke no du­da y or­de­na a sus sol­da­dos sa­lir en su ayu­da. Sin du­dar, y co­mo si fue­ran una ma­na­da de lo­bos, los tres her­ma­nos y sus gue­rre­ros sal­tan y se in­ter­po­nen en­tre los fu­gi­ti­vos y los quil­cos.
És­tos, asom­bra­dos, de­tie­nen por un ins­tan­te la ca­rre­ra y Ko­kesh­ke, sin dar­les tiem­po a reac­cio­nar, or­de­na un fe­roz ata­que.
Es­ta ba­ta­lla se de­sa­rro­lló con una cruel­dad sin igual, ya que los quil­cos ja­más pen­sa­ron que es­tos in­sig­ni­fi­can­tes hu­ma­nos, co­mo ellos los lla­ma­ban, pu­die­ran ser tan bra­vos y le­ta­les en com­ba­te. Una de la más des­ta­ca­da era Shía, ya que por su con­di­ción de mu­jer, pa­re­cía más vul­ne­ra­ble. Pe­ro su agre­si­vi­dad era igual o peor que la de sus her­ma­nos. Con sus mo­vi­mien­tos fe­li­nos, los quil­cos que la en­fren­ta­ban no te­nían nin­gún ti­po de opor­tu­ni­dad. La es­ca­ra­mu­za no per­mi­tía a nin­gún sol­da­do dar­se el lu­jo de so­se­gar su es­fuer­zo, ya que tan­to hom­bres co­mo quil­cos no se te­nían pie­dad en ca­da gol­pe que se da­ban. Los quil­cos, por pri­me­ra vez, des­cu­brie­ron que es­tos hom­bres eran ca­pa­ces de gran­des proe­zas en com­ba­te y que, si bien sus fuer­zas fí­si­cas no eran pa­re­ci­das, es­tos hom­bres con­ta­ban con una des­tre­za sin igual en la lu­cha cuer­po a cuer­po. Es­ta gran agi­li­dad en com­ba­te les per­mi­tía igua­lar la fuer­za de los quil­cos, que de­no­da­da­men­te y ca­da vez con más fu­ria tra­ta­ban de ani­qui­lar­los.
Mien­tras tan­to, al otro ex­tre­mo de la re­gión, en el Va­lle de la Lu­na, el sol co­men­za­ba a aso­mar sus pri­me­ros ra­yos. En el sec­tor sur se di­vi­sa­ban las pri­me­ras nu­bes, qua anun­cia­ban que la tem­po­ra­da fría se ave­ci­na­ba. En ese mo­men­to, Amuk rea­li­za una de sus tan­tas ron­das de re­co­no­ci­mien­to; re­vi­san­do cho­za por cho­za, tra­ta­ba de dar áni­mo a sus in­te­gran­tes. Lo que es­ta­ba por ve­nir era ex­tre­ma­da­men­te pe­li­gro­so y las po­si­bi­li­da­des de sa­lir con vi­da eran muy es­ca­sas, pe­ro así y to­do Amuk tra­ta­ba de le­van­tar los áni­mos de los hom­bres y mu­je­res a su car­go.
De pron­to lle­ga al fren­te de la cho­za de Thok y ob­ser­va a su es­po­sa sa­lien­do de ella con el ros­tro com­pun­gi­do y de­sen­ca­ja­do. Sor­pren­di­do, Amuk le pre­gun­ta qué es­tá su­ce­dien­do. En­ton­ces con lá­gri­mas en los ojos Chi­nak le res­pon­de:
—Mi pa­dre no es­tá.
Vi­si­ble­men­te preo­cu­pa­do, Amuk no emi­te nin­gún ti­po de opi­nión y or­de­na una in­me­dia­ta reu­nión de to­dos sus ge­ne­ra­les.
Al reu­nir­se és­tos, no­ta que Só­reck, el lu­gar­te­nien­te de Thok, tam­po­co es­ta­ba. Or­de­na un re­le­va­mien­to ur­gen­te de sus gue­rre­ros y no­ta que fal­ta­ban ca­si la mi­tad de los sol­da­dos de Thok. Amuk pien­sa que su sue­gro no es nin­gún co­bar­de. Es­te pen­sa­mien­to era to­tal­men­te dis­tin­to a los de sus ge­ne­ra­les, ya que to­dos pen­sa­ban que ha­bía hui­do.
En­ton­ces Amuk pi­de si­len­cio y con voz fir­me or­de­na que ca­da uno vuel­va a sus ta­reas ha­bi­tua­les, al tiem­po que se pre­gun­ta­ba: “¿Qué es­ta­rá tra­man­do es­te vie­jo?”
Mien­tras tan­to, en el te­rri­to­rio de Kash­ka, los tres her­ma­nos y sus sol­da­dos con­ti­nua­ban lu­chan­do con fie­re­za pa­ra sal­var la vi­da del ate­rro­ri­za­do Kahs­ka que, ti­ra­do en el sue­lo y sin alien­to, no lo­gra­ba re­po­ner­se de se­me­jan­te per­se­cu­ción.
El tiem­po pa­re­cía ha­ber­se de­te­ni­do, la ba­ta­lla no da­ba res­pi­ro ni a uno ni a otro ban­do.
Los quil­cos no po­dían ha­cer re­tro­ce­der a los gue­rre­ros de Ko­kesh­ke, ya que és­tos pe­lea­ban con una fu­ria no co­no­ci­da por ellos. De pron­to, uno de los quil­cos emi­te un sor­do so­ni­do y los po­cos quil­cos que que­da­ban con vi­da se dan a la fu­ga de in­me­dia­to.
En ese mo­men­to, Shía le or­de­na a Maíp que va­ya a ob­ser­var el es­ta­do en que se en­con­tra­ba Kash­ka. Aquél sin du­dar obe­de­ce, y al lle­gar ob­ser­va có­mo Kash­ka, ya re­pues­to, se po­ne de pie y les da las gra­cias por ha­ber­le sal­va­do la vi­da, y les ju­ra que co­la­bo­ra­rá con to­do lo que es­té a su al­can­ce.
Ko­kesh­ke, se­cán­do­se el su­dor de la fren­te, or­de­na a sus gue­rre­ros que se rea­gru­pen. En ese mo­men­to se da cuen­ta de que de los sol­da­dos que ve­nían con Kash­ka no que­da­ba nin­gu­no, y de sus gue­rre­ros só­lo diez ha­bían muer­to.
Shía, acer­cán­do­se, le co­men­ta:
—La sa­ca­mos de­ma­sia­do ba­ra­ta. Pe­ro si los se­gui­mos se­gu­ro que ter­mi­na­mos con el plei­to a fa­vor nues­tro.
Pe­ro Ko­kesh­ke, con su ha­bi­tual des­con­fian­za, le res­pon­de:
—Si bien eran po­cos ten­go mis du­das, ya que no es­tá en la na­tu­ra­le­za de los quil­cos re­ti­rar­se de una pe­lea. Al­go de­ben es­tar tra­man­do, por lo que a par­tir de aho­ra ire­mos mu­cho más aten­tos que an­tes.
An­tes de rea­nu­dar la mar­cha, Shía se acer­ca a Kash­ka y le pre­gun­ta si tie­ne al­gún co­no­ci­mien­to de có­mo ubi­car al Ga­ri­vao, y és­te le res­pon­de:
—No sé bien exac­ta­men­te dón­de vi­ve, pe­ro con gus­to los guia­ré ha­cia la zo­na don­de mo­ra ha­bi­tual­men­te. Eso sí, de­be­rán cui­dar­se del Ozu­ro­doon, por­que és­te es el guar­dia del Ga­ri­vao.
Es­te ani­mal, que no era el úni­co en su es­pe­cie, ya que que­da­ban unos po­cos cien­tos, era un ti­po de oso ne­gro de unos cua­tro me­tros de al­tu­ra, con unas ga­rras ex­tre­ma­da­men­te lar­gas y fi­lo­sas. Sus fau­ces to­tal­men­te cu­bier­tas de gran­des dien­tes fi­lo­sos que a su vez con­ta­ban con cua­tro enor­mes ca­ni­nos que so­bre­sa­lían de su ho­ci­co co­mo gran­des da­gas cur­va­das ha­cia aden­tro.
Ya de­vuel­ta so­bre el sen­de­ro que los lle­va­ría ha­cia el bos­que de Wo­kul, Maíp le co­men­ta a su her­ma­na:
—Thok no nos di­jo que el guar­dia del Ga­ri­vao era tan gran­de y tan pe­li­gro­so.
Shía, iró­ni­ca­men­te, le res­pon­de:
—Ya te ha­brás da­do cuen­ta de que al po­bre vie­jo no le que­da mu­cha me­mo­ria.
Sin que és­tos tu­vie­ran co­no­ci­mien­to de lo que es­ta­ba ocu­rrien­do en su te­rri­to­rio, el vie­jo Thok, con la mi­tad de su ejér­ci­to muy bien ar­ma­do, co­rren a cam­po tra­vie­sa al en­cuen­tro de los quil­cos que ya ha­bían or­ga­ni­za­do el in­mi­nen­te ata­que al Va­lle de la Lu­na. Sóreck, su lu­gar­te­nien­te y ma­no de­re­cha, le pre­gun­ta:
—¿Cuál se­rá tu es­tra­te­gia?
—Ha­brá que bus­car un lu­gar don­de em­bos­car a los quil­cos y así dar­les más tiem­po a los hom­bres de Amuk —res­pon­de Thok.
—¿Has­ta cuán­do de­be­rán de­te­ner el avan­ce de los quil­cos? —vuel­ve a pre­gun­tar Sóreck.
Thok, muy cor­tan­te y con de­ter­mi­na­ción, res­pon­de:
—Has­ta nues­tro úl­ti­mo alien­to.
Sóreck, que era to­tal­men­te in­con­di­cio­nal a su ca­ci­que, asien­te con la ca­be­za y ca­lla­da­men­te con­ti­núa la mar­cha.
La no­che es­ta­ba por caer so­bre sus ca­be­zas, las nu­bes de tor­men­ta ya se adue­ña­ban de las Tie­rras del Sur. El frío co­men­za­ba a ha­cer­se sen­tir y se po­día evi­den­ciar que las pri­me­ras ne­va­das ya co­men­za­rían de un mo­men­to a otro. Thok y su ejér­ci­to sa­len de un es­pe­so bos­que y di­vi­san un lu­gar apro­pia­do pa­ra una em­bos­ca­da. Jus­to a la sa­li­da del bos­que ha­bía una lla­nu­ra de po­ca ex­ten­sión. A su de­re­cha se en­con­tra­ba un acan­ti­la­do, de va­rios me­tros de al­tu­ra, don­de en lo pro­fun­do co­rría un rá­pi­do y fu­rio­so río. Es­te acan­ti­la­do re­co­rría to­da la ex­ten­sión de la lla­nu­ra, has­ta lle­gar al es­pe­so bos­que, del cual Thok y sus sol­da­dos ha­bían sa­li­do. Jus­to al fren­te se en­con­tra­ban unas co­li­nas de es­ca­sa al­tu­ra, las cua­les se­gu­ra­men­te no im­pe­di­rían el ac­ce­so del ejér­ci­to de los quil­cos. Pe­ro se­gu­ro se lo ha­ría más di­fí­cil.
Al ver el es­ce­na­rio al fren­te, Thok or­de­na de­te­ner la mar­cha y dan­do un vis­ta­zo al pai­sa­je, eva­lúa los pro y los con­tra. To­man­do una de­ter­mi­na­ción, or­de­na a Sóreck que or­ga­ni­ce y dis­pon­ga a los gue­rre­ros es­tra­té­gi­ca­men­te por to­do el lu­gar.
Só­reck, que era un hom­bre du­ro en su ca­rác­ter y leal a su ca­ci­que, in­me­dia­ta­men­te se ocu­pa de po­si­cio­nar a sus sol­da­dos. En ese mo­men­to, del otro la­do de las co­li­nas se po­día es­cu­char el sil­bi­do del vien­to y, co­mo un es­tre­me­ce­dor con­tras­te, el re­tum­bar de los pa­sos y chi­lli­dos de los quil­cos.
Mien­tras to­dos se van ubi­can­do en sus pues­tos, Thok su­be por una de las co­li­nas y con asom­bro lo­gra di­vi­sar al ejér­ci­to ene­mi­go. La ima­gen fue ate­rra­do­ra, el ta­ma­ño del ejér­ci­to de quil­cos era sin igual. Ja­más se ha­bía vis­to ejér­ci­to de se­me­jan­te ta­ma­ño pres­to pa­ra el com­ba­te.
La vi­sión de se­me­jan­te ejér­ci­to le de­mos­tró a Thok que Elem te­nía co­mo pre­mi­sa ani­qui­lar a to­do ser vi­vien­te que se le in­ter­pu­sie­ra en el ca­mi­no. A me­di­da que el ejér­ci­to avan­za­ba los ani­ma­les del lu­gar huían des­pa­vo­ri­dos, co­rrien­do por sus vi­das, ca­za­do­res y pre­sas huían sin im­por­tar­les las di­fe­ren­cias.
En ese pre­ci­so mo­men­to los tres her­ma­nos y sus gue­rre­ros lle­gan a las puer­tas del bos­que de Wo­kul. Fren­te al es­pe­so y os­cu­ro bos­que, Ko­kesh­ke y sus her­ma­nos se dan cuen­ta por­qué los hom­bres y mu­je­res de es­te te­rri­to­rio lo con­si­de­ran ta­bú.
El for­ma­to de sus ár­bo­les te­nía la apa­rien­cia de que­rer co­brar vi­da. El me­ci­mien­to de sus co­pas, por el vien­to frío, da­ba la sen­sa­ción de te­ner mo­vi­mien­tos pro­pios, co­mo si fue­ran en­tes so­bre­na­tu­ra­les, y por el cru­jir de sus ra­mas pa­re­cía que con­ver­sa­ran en­tre ellos. To­do es­to le da­ba un as­pec­to lú­gu­bre al bos­que, más aún cuan­do uno pres­ta­ba aten­ción a las cria­tu­ras que mo­ra­ban en su in­te­rior, ya que con sus can­tos y chi­lli­dos ha­cían te­ner la idea de que en su in­te­rior ja­más se dor­mía.
Ko­kesh­ke or­de­na de­te­ner el pa­so y acam­par has­ta el ama­ne­cer. Pe­ro en ese mo­men­to Kash­ka opi­na ha­cer un pe­que­ño al­to y en­trar, ya que cree que es­ta­rán más se­gu­ro den­tro del bos­que que en las afue­ras.
Maíp in­ter­ce­de di­cien­do que las lu­ces del día son mu­cho me­nos en­ga­ño­sas que la pe­num­bra de la no­che. Pa­ra una bús­que­da, la no­che siem­pre en­cie­rra sus mis­te­rios y se pres­ta pa­ra co­sas si­nies­tras.
Ko­kesh­ke du­da, al tiem­po que Kash­ka in­sis­te. En­ton­ces Ko­kesh­ke cru­za una mi­ra­da con su her­ma­na, és­ta lo mi­ra fi­jo y en­co­ge los hom­bros co­mo di­cien­do que él es quien de­ci­de.
Ko­kesh­ke si­gue du­dan­do y al ca­bo de unos mi­nu­tos, Shía, aho­ra im­pa­cien­te, les di­ce:
—Bue­no, ya he­mos lle­ga­do has­ta aquí, no creo que ten­ga­mos mu­cho tiem­po pa­ra en­ta­blar una dis­cu­sión so­bre si en­tra­mos o no en­tra­mos aho­ra. Yo creo que si vi­ni­mos a bus­car al fa­mo­so Ga­ri­vao de­be­mos co­rrer el ries­go y en­trar. Así ter­mi­na­mos con es­ta mi­sión lo más rá­pi­do po­si­ble, ya que de­be­mos vol­ver con su­ma ur­gen­cia por­que Amuk nos ne­ce­si­ta.
Maíp vuel­ve a in­sis­tir:
—A mí no me agra­da la idea de in­gre­sar por la no­che, me­nos sa­bien­do que den­tro se en­cuen­tra el ozu­ro­doom.
En­ton­ces Ko­kesh­ke les di­ce:
—Am­bos tie­nen ra­zón. Pe­ro pre­fie­ro pa­sar la no­che en el lla­no, co­mo di­ce Maíp. Por eso or­de­no que acam­pe­mos en es­te cla­ro y ma­ña­na, con las pri­me­ras lu­ces del día, en­tra­re­mos al bos­que.
Na­die más dis­cu­tió la or­den im­pues­ta por Ko­kesh­ke, to­dos re­co­no­cían muy bien su voz de man­do. El cam­pa­men­to se ar­mó co­mo de cos­tum­bre, pe­ro esa no­che no hu­bo ho­gue­ra, ya que po­dría ha­ber­los de­la­ta­do. Y en ese mo­men­to era lo que me­nos que­rían.
La os­cu­ri­dad era to­tal, las es­tre­llas ha­bían si­do cu­bier­tas con el man­to es­pe­so de las nu­bes de tor­men­ta. La no­che no fue de las más tran­qui­las, ya que aden­tro del bos­que, se es­cu­cha­ba to­do ti­po de so­ni­dos y por de­trás de ellos, en las pla­ni­cies, el ir y ve­nir de los quil­cos se no­ta­ba en sus mur­mu­llos le­ja­nos.
Ha­bría trans­cu­rri­do la mi­tad de la no­che, cuan­do Maíp, to­da­vía preo­cu­pa­do por la ac­ti­tud de Kash­ka, se le­van­ta del lu­gar don­de es­ta­ba des­can­san­do y ha­ce una ron­da pa­ra dar­les áni­mo a los gue­rre­ros que es­ta­ban mon­tan­do guar­dia.
En ese mo­men­to se acer­ca al sol­da­do que es­ta­ba de fren­te al bos­que y no­ta que es­ta­ba ti­ra­do, vi­si­ble­men­te dor­mi­do. Maíp lo des­pier­ta dán­do­le sa­cu­do­nes y re­cri­mi­nán­do­le la ac­ti­tud. És­te, to­mán­do­se la nu­ca, se de­fien­de di­cién­do­le que lo ha­bían gol­pea­do y pa­ra sa­car­le to­do ti­po de du­das le mues­tra el fuer­te gol­pe que tie­ne en la ca­be­za.
Maíp, asom­bra­do, sa­le dis­pa­ra­do y le in­for­ma lo su­ce­di­do a su her­ma­no y co­mo pre­sin­tién­do­lo, sa­le en bús­que­da de Kash­ka y des­cu­bre que és­te no es­ta­ba en el cam­pa­men­to.
En­ton­ces con fuer­tes pa­la­bras Maíp lo mal­di­ce y le di­ce a su her­ma­no:
—Ya me ima­gi­na­ba que es­te mal na­ci­do nos iba a ha­cer una ju­ga­da de es­te ti­po.
Ko­kesh­ke eva­lúa la si­tua­ción y or­de­na a to­dos po­ner­se en aler­ta y en mar­cha. Pe­ro en ese pre­ci­so ins­tan­te un tre­men­do rui­do a ra­mas que­brán­do­se y mu­cho al­bo­ro­to, se oye en di­rec­ción al in­te­rior del bos­que. To­do es­te ba­ru­llo da­ba la sen­sa­ción de que al­go o al­guien se acer­ca­ba con ra­pi­dez. Es­to aler­ta a Ko­kesh­ke y sus sol­da­dos que, sin du­dar­lo un mi­nu­to y sin nin­gu­na or­den, al uní­so­no de­sen­vai­nan sus ar­mas y se co­lo­can de fren­te ha­cia don­de pro­ve­nía el tre­men­do al­bo­ro­to.
Al otro ex­tre­mo de la re­gión, Thok y su ejér­ci­to ya es­ta­ban en po­si­ción y lis­tos pa­ra cum­plir con el plan idea­do por Thok. És­te lo mi­ra fi­jo a Sóreck y con una se­ña le pre­gun­ta si es­ta­ba lis­to. És­te le con­tes­ta que sí. El so­ni­do ate­rra­dor que emi­tían las hor­das de quil­cos se oía ca­da vez más cer­ca. Thok no ce­sa­ba de dar áni­mo a sus sol­da­dos. Los sol­da­dos sa­bían que és­ta po­día ser la úl­ti­ma ba­ta­lla, pe­ro se sen­tían con­for­ta­dos al ver que su ca­ci­que es­ta­ba muy tran­qui­lo an­te la si­tua­ción. El de­sen­vol­vi­mien­to del ve­te­ra­no ca­ci­que en esos mo­men­tos era de mu­cha par­si­mo­nia. La con­fian­za que le te­nían sus sol­da­dos era tre­men­da. Siem­pre fue un gran es­tra­te­ga y eso ha­cía que sus ejér­ci­tos siem­pre le fue­ran in­con­di­cio­na­les. De pron­to, y por so­bre una de las co­li­nas, lo­gran di­vi­sar las pri­me­ras lí­neas del ejér­ci­to quil­co. Thok se­guía dán­do­les cal­ma a sus sol­da­dos. Una go­ta de su­dor co­rría por la sien de és­te. En ese mo­men­to se pu­do ver la mag­ni­tud del ejér­ci­to ene­mi­go, ya que al co­men­zar a ba­jar por la co­li­na, és­ta que­dó to­tal­men­te cu­bier­ta por quil­cos. Es­te po­de­ro­so ejér­ci­to ve­nía de­re­cho ha­cia don­de se en­con­tra­ba el ejér­ci­to al man­do de Thok, to­tal­men­te aje­no a la em­bos­ca­da que és­te les es­ta­ba pre­pa­ran­do den­tro del es­pe­so bos­que. Thok lo mi­ra a Sóreck y con una se­ña le pi­de cal­ma. És­te le ha­ce la se­ña de que es­tá lis­to y es­pe­ran­do la or­den.
En el pre­ci­so mo­men­to en que el ejér­ci­to quil­co es­tu­vo a pun­to de des­cen­der de la co­li­na, Thok dio la or­den y Sóreck, con un gru­po de su ejér­ci­to, sal­tó de su es­con­di­te y con su gri­to de gue­rra co­rrió a to­da ve­lo­ci­dad ha­cia don­de es­ta­ban los quil­cos. El pil­che que es­ta­ba al man­do que­da sor­pren­di­do por la au­da­cia de es­te re­du­ci­do gru­po de sol­da­dos. De pron­to, y cuan­do es­ta­ban a una dis­tan­cia pru­den­cial, los sol­da­dos de Sóreck de­sen­vai­na­ron sus ar­cos y a to­da ca­rre­ra co­men­za­ron a arro­jar an­da­na­das de fle­chas en di­rec­ción del ejér­ci­to ene­mi­go. El pri­mer im­pac­to fue muy cer­te­ro, ya que de­ce­nas de quil­cos ca­ye­ron ba­jo las fle­chas de los sol­da­dos de Sóreck. Es­to cau­só la ira del pil­che y or­de­nó que un gran ba­ta­llón de sus sol­da­dos en­fren­ta­ra a los sol­da­dos de Sóreck. El ba­ta­llón de quil­cos es­tu­vo apo­ya­do por los ar­que­ros que tra­ta­ban de re­pe­ler el ata­que de los hom­bres de Sóreck. La agi­li­dad de­mos­tra­da en esa ca­rre­ra ha­cía ca­si im­po­si­ble que los ar­que­ros de los quil­cos ati­na­ran a los sol­da­dos ene­mi­gos, pe­ro por cier­to los gue­rre­ros de Sóreck se­guían dan­do en el blan­co.
Thok y el res­to de su ejér­ci­to só­lo mi­ra­ban los acon­te­ci­mien­tos den­tro del bos­que. La ima­gen era dan­tes­ca, los ejér­ci­tos co­rrían a to­da ve­lo­ci­dad, la dis­tan­cia en­tre ellos era ca­da vez más cor­ta. En el pre­ci­so mo­men­to en que es­tu­vie­ron a unos cin­cuen­ta me­tros de dis­tan­cia, los sol­da­dos de Sóreck se co­lo­ca­ron los ar­cos en las es­pal­das y de­sen­vai­na­ron las da­gas. Al ca­bo de unos se­gun­dos, los dos ba­ta­llo­nes cho­ca­ron con una fie­re­za nun­ca vis­ta. La ha­bi­li­dad de los hom­bres de Sóreck ha­cía que po­cos de ellos ca­ye­ran en ese tre­men­do cho­que. Pe­ro la ve­lo­ci­dad que lle­va­ban es­tos sol­da­dos no fue amai­na­da por los quil­cos, que vie­ron có­mo és­tos su­pe­ra­ban sus lí­neas y se­guían la mar­cha con­tra el res­to del ejér­ci­to ene­mi­go. Al ver es­to, el pil­che que es­ta­ba a car­go, les or­de­nó gi­rar y per­se­guir a los hom­bres de Sóreck, que en ese mo­men­to ha­bían de­sen­vai­na­do sus ar­cos nue­va­men­te y co­men­za­ban a lan­zar otra fu­rio­sa ráfa­ga de fle­chas. . .